Hay personas que desarrollan un tipo de fidelidad, que ojalá se pudiera destinar a otras instancias que la demandan con más urgencia. Tiene que ver con los oficios sencillos: vender el periódico, arreglar las uñas y el pelo y brillar los zapatos... Para no hablar del que se pasa toda la vida visitando al mismo médico, hasta que entierra al otro el que sea más paciente.
Soy uno de ellos. Hubiera podido eternizarme acudiendo a la peluquería que visitaba cuando era joven en un pasaje de la Avenida 19 de Bogotá. Si no hubieran desaparecido Omar, el peluquero, la manicurista que me enseñó a comenzar por las manos, la peluquería, el pasaje, la Avenida 19...
La misma situación ocurre con el lustrabotas, embolador o 'el lustra'. Siempre he creído en la pulcritud y que el arreglo personal no es una casualidad, sino una norma de vida. De la cabeza a los pies. Como estos últimos están cubiertos por los zapatos, aprecio que estén brillantes y limpios, porque sé la mala impresión que causan unos chapines mugrosos. Ese esmero está registrado con acierto por Hernán Díaz, en esa foto elegante titulada 'El último cachaco', que es precisamente el papá de Alberto Casas Santamaría.
He sido fiel a mis lustrabotas. Cuando ingresé a trabajar a El Tiempo, y escribía crónicas de personajes para la revista Elenco, el hombre que dominaba la escena del betún se llamaba 'Don Chucho'. A juzgar por la piel de su rostro, surcada de arrugas profundas, debió cofundar el periódico en 1911 o entrar el mismo día que 'Calibán'.
Era un ser silencioso y humilde, que se paseaba por la redacción con su Caja de Pandora, tomando tinto y fumando un pucho interminable. En la recién inaugurada sede de la Avenida Eldorado, salía más bien rápido del asunto. No había forma de decirle que echara más betún o pasara el trapo dos veces, porque era tan impenetrable y recio como el overol que lo cubría. Y que olía básicamente a 'Don Chucho': lo hubiera podido parar a su lado como si fuera su propio fantasma.
Salía casi siempre a la misma hora de Don Hernando Santos, envuelto en una ruana típica y mefítica. El que se emboló se emboló y el que no, a brillarse con papel sobrante de la rotativa. Porque en esa época todo estaba lejos y en la desierta avenida sólo paseaba el hombre sin nariz, que vendía piscinas y animalitos de caucho.
Un día desaparecí yo y desapareció él, como si se hubiera ido para otro mundo o colado en la Cápsula que enterramos una mañana todos los Santos, la redacción en pleno, los trabajadores y una miríada de lagartos.
Ido 'Don Chucho', me lustra Freddy desde hace varios años. Sólo sé que se llama Freddy, que está casado con una mujer bonita y que tiene dos hijas hermosas. No he conocido a nadie que cuide mejor los zapatos que el susodicho, prácticamente un artista del betún y la bayetilla. Cuando nos vemos me habla de Millonarios, porque él también anhela las épocas gloriosas. Se presenta a sí mismo como 'Asesor de imagen'. Nada más justo ni cierto: los tiempos han cambiado y algo va de Chucho a Freddy. A menos que Millonarios vuelva a ser Campeón, y esto ocasione en Freddy un estado cataléptico, vamos a seguir hasta que la muerte nos quite el brillo.
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