¿Por qué las mujeres colombianas están buscando hombres extranjeros, aprovechando los recursos de la Internet y desdeñando la alternativa de relacionarse con sus compatriotas? Una oyente de La W explicó hace pocos días, luego de presentar su experiencia de consorte azul al casarse con un foráneo, que los hombres colombianos son unos indecisos. Que mucho 'tilín tilín', pero que le sacamos el cuerpo al compromiso que acompaña toda decisión.
Es posible que la señora no haya visto Sex and the City, para entender el drama de las mujeres norteamericanas ante la falta de decisión de los gringos. En todo caso, celebrando su éxtasis, y sin profundizar en la relación entre indecisión y género, yo quiero elaborar varias reflexiones sobre la incapacidad para decidir. ¿Es Colombia un país de indecisos? ¿E indecisas? ¿Es la capacidad de decidir la verdadera clave de la libertad? ¿La indecisión de los gobernantes es una rémora para el progreso? Ahora que celebramos los 200 años del nacimiento de Darwin, ¿es la indecisión la gran falencia de la evolución? En época de autoayuda y exceso de información, ¿se puede cambiar esa característica paralizante?
Los seres humanos no toman decisiones por muchas razones. Entre ellas, seguramente, las neuronales y las culturales. Hay mucha gente a la que le gusta no indisponerse con nadie, tener contento a todo el mundo y vivir cual margarita. Eso va en contravía de la capacidad de decidir, que es esencialmente un acto de carácter y de responsabilidad. Quien toma una decisión oportuna sabe que afectará a un grupo de personas para bien y para mal. Aunque pueda salvar el funcionamiento de ciudades, la existencia de empresas o la razón de ser de muchas instituciones, entre ellas, el Estado.
La vida pública colombiana ha paralizado la capacidad de tomar decisiones. Básicamente, porque se ha fundamentado en el ejercicio de un concepto de 'política', entendida como la tarea de tener contento a todo el mundo y ganar en popularidad y aprobación por la vía de la 'cheveridad'. A ese efecto sedante para la acción, se suma que la función pública tiene una cantidad innombrable de cortapisas y retenes. Por la forma como se ha castigado a quienes toman decisiones impopulares, hay gente que prefiere lavarse las manos, delegar hacia arriba o aplazar indefinidamente las medidas trascendentales, para poder salir sonriente en la foto y escalar el próximo puesto. Para no mencionar el miedo.
En el ámbito personal, la capacidad de decidir es la verdadera llave de la libertad. Podría interpretarse que el aumento de matrimonios fracasados está en proporción directa a la incapacidad de interiorizar la decisión de pareja y el compromiso que ello representa. Y cabría un minuto de reflexión sobre la comodidad y la apariencia, sobre las cadenas sociales, que terminan amarrando a muchas parejas, centrándolas en el protocolo de satisfacer a los demás, a costa del verdadero amor.
¿Se puede cambiar ese destino nefasto que nos inmoviliza? Si nos atenemos al poder y a la capacidad del ser humano para transformar sus hábitos, definitivamente, sí. Pero así como entre las materias futuras de la educación, como una forma de inteligencia, se considera, por ejemplo, la capacidad de síntesis, así debería tratarse nuestra actitud para tomar decisiones.
Quisiera escribir más del asunto, pero yo no decido el espacio que me dan.
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