Pensaba en la forma cómo han aumentado los divorcios y en que Colombia sigue figurando como uno de los países más felices del mundo, sentado en un banquito que tiene la tienda Studio F para maridos remisos en el Centro Comercial Santafé. A mi lado, un grupo de varones con cara de salario mínimo. Parecíamos una selección de homenaje a Bermúdez, algo así como Sarnari, Tévez, Willington, Pandolfi y un invitado de Hernán Peláez a Café Caracol.
Siempre tratando de ayudar al prójimo, y en ejercicio de mi sentido de responsabilidad social, lucubré rápidamente cómo se podría aliviar el tormento que sentían estos honorables señores, mientras esperaban a sus esposas y compañeras dispuestas a probarse toda la ropa del almacén antes de tomar una decisión de compra.
Y encontré la solución que nos alejaría de los divorcios y nos acercaría al primer lugar de la felicidad mundial. Así como muchas parejas establecen las 'capitulaciones' antes de casarse, podrían pactar ciertos 'Mandamientos Conyugales' para resolver el menudo lío de la convivencia, comején pernicioso que corroe la madera de la cotidianidad. Primer mandamiento de sagrada obediencia: "No me llevarás a centros comerciales o almacenes de cadena, ni me obligarás a empujar carritos de mercado como un verdadero tontín".
Miré con el rostro luminiscente a mis perturbados congéneres, en los minutos previos a la revelación de esas 'tablas de la ley de la salvación marital'. Y elaboré el segundo enunciado, casi subido en la cumbre de mi propio Sinaí: "No esparcirás partículas de laca por el Medio Ambiente ni contribuirás a la contaminación auditiva activando el espantoso aparato llamado 'el secador', mientras yo me encuentre en el baño".
Y comenzaba a descender casi encarnado en la imagen hirsuta de Charlton Heston en "Los Diez Mandamientos", cuando apareció mi esposa, estableciendo el récord de solo tres horas, 43 minutos, 32 segundos flat para elegir una blusa. Y la monita linda me acarició con su voz, mientras avanzaba la labor de un paramédico que me desentumecía las piernas.
--¿Qué hacía usted con esos desocupados?
La práctica de la sabiduría Zen me ha enseñado a no dejarme provocar y a convertir las crisis en oportunidades. Así que le eché el rollo de los mandamientos conyugales, como una extensión de la Piedra Filosofal hallada por Harry Potter. Ella escuchó mirando una vitrina y me dijo: "Pues le tengo unos para que complete su lista y todos seamos muy felices".
--"No salpicarás el bizcocho en ejercicio de la práctica urinaria y
siempre descargarás el mingitorio".
--"No comprarás perro o cualquiera otra mascota para ganarte el afecto de tu hija, sin considerar previamente la disposición higiénica de tu esposa".
--"No te sentarás como copiloto en el carro de tu consorte a maldecir, a decirle cómo debe manejar y/o a conjeturar siquiera las expresiones 'vieja bruta' o 'tenía que ser mujer".
--"No compararás a tu esposa con tu mamá ni pronunciarás frases como 'Es que mi mamá', 'En cambio mi mamá' o 'Si fuera mi mamá".
Y agregó: "Voy a comprar la falda y mientras tanto redacto los relacionados con el manejo del control de la TV y los partidos de fútbol, el pago equitativo de los gastos de la casa, los calzoncillos y la crema de dental, ¿de acuerdo?".
Alcancé a decir: "Deje así".
cgalvarezg@gmail.com
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