La próxima semana se completarán 52 años desde el momento en que mi madre rompió fuente y trajo a tierra un precioso niño, al que posteriormente bautizaría con el germano nombre compuesto de Carlos Gustavo y del que solo me corresponderían las ansias de libertad.
El mundo de entonces era tan diferente al actual, que los mejores equipos de fútbol del mundo eran Millonarios y el Real Madrid, en ese orden, conocido el primero, como 'El ballet azul', y el segundo como el Real Madrid. El Papa se llamaba Pío XII, antes que le achacaran la impiedad que había tenido con el holocausto.
Colombia se encontraba en un período de transición entre el Pacto de Benidorm y el Pacto de Marzo, pactos que conducirían al Pacto de Sitges, darían a luz al Frente Nacional y causarían un impacto compacto a cualquier opción política distinta y renovadora en este país.
El primero de enero de 1957 amaneció como todos los primeros de enero conocidos: enrumbado, navegando en el alcohol de la víspera, y con un montón de muchachas paseando maletas y ataviadas públicamente con cucos amarillos, llamando con su prenda a la suerte, los viajes y la fortuna matrimonial que hasta entonces era el tesoro de la vida.
A la una de la tarde era tal el silencio en la Bogotá de las alturas, que en el dormido norte y el pasmado sur se escuchó cómo se quebrantaba el saco amniótico de mi progenitora (mi primera frazada, mi natural resguardo), lo que según el ABC del Bebé, "es un signo importante, pues significa que el parto será más rápido de lo esperado y hay que acudir pronto al hospital".
Muchos años después, mi madre me contaría que ni en ese momento se dejó llevar por el pánico. Yo le creí a pie juntillas, pues antes me había relatado algo inverosímil y yo sabía ya de su responsabilidad invulnerable: que el 9 de abril de 1948 cruzó a pie la ciudad violentada y se apareció en Casa Toro para cumplir con su horario de trabajo.
Me imagino su furia cuando la devolvieron para la casa y tuvo que entreverarse por la turba de balas y puñales, mientras llovía y ardía el centro de Bogotá y estaban borrachas hasta las estatuas yacentes.
La imagino ese primero de enero con la fuente rota, yo afanado por venir a este mundo con los ojos cerrados, como filosofa acertadamente Julio Iglesias, y como podemos pasarnos casi toda la vida. Digo que la imagino lavando la loza y ordenando la casa, arreglándose con su vanidad de mujer bonita y marchando hacia el Hospital San José, porque entonces Bogotá era tan distinta, que los buenos hospitales quedaban en el sur.
A las cinco de la tarde el ginecólogo Jaime Afanador completó la expulsión que la naturaleza había iniciado, mientras Arturo Toscanini comenzaba a dirigir su muerte, en el alba de ese magnífico 1957. Termino esta columna que nadie va a leer con una flor para mi madre, a quien felicito arrodillado el día de mi cumpleaños.
cgalvarezg@gmail.com
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