Hay frases que solo pueden ser dichas por una madre. Como la que encabeza esta nota. ¡Cuántos recuerdos desata al enunciarla! Soy un niño, un joven, un adulto, y la señora Aracely -que en noviembre cumplirá 80 años invencibles-, dirige hacia mí una avanzada de asepsia. Cuando entro al apartamento me dice: "¡límpiese bien los zapatos!". Me acostumbro al ritual y lo ejecuto un tapete tras otro. No hay poder humano que la haga desistir de ese peaje para ingresar a la casa que su esmero mantiene pulcra, casi intacta. El polvo y la mugre son enemigos. Así, lo que traigo del mundo en mis zapatos, que es bastante, porque soy callejero desde chiquito.
Y está la frase "Lávese bien esas manos". Me la dice implacable cuando llego de la calle, cuando voy a pasar al comedor, antes de acostarme, siempre. "Séqueselas bien, para que no le suden".
Sabia. Para quienes vivimos con el gusto de dar la mano, como el presidente Uribe, sería mortal una palma porosa. Aunque al más conocido promotor de esa profilaxis, el señor Poncio Pilato (no Pilates), prefecto de Judea, le cobraran la campaña con un desprestigio bíblico.
"¡Lávese bien esas manos!" era la admonición más precisa en mi infancia, pues yo, como cualquier niño de entonces que se respetara, vivía bajo un principio filosófico: "Tengo manos, luego existo". Con mis manos jugué canicas, carreras de latas de gaseosa, trompo, armé patinetas y carritos esferados. Mucho tiempo después la evolución me condujo a la posición bípeda, y hasta que el medio campo me tentó con la elegancia de Beckenbauer, fui un arquero al mejor estilo de Lev Yashin. Y por mucho que volara, siempre terminaba en el suelo. Cuando llegaba a mi hogar, mis manos eran un monumento a la mugre, un bocatto di detergente, y si yo hubiera sido mi madre, también me hubiera aplicado la orden perentoria: "¡Lávese bien esas manos!".
Durante la adolescencia de congestión hormonal, mi madre debió sospechar que algo hacía yo con esas manos, pues redobló su mandato. Y cuando crecí, ya ambos situados más allá del medio siglo, continuó aplicándomela como una dosis rigurosa. Tal vez porque entiende que el hombre se inclina a la práctica del rasking ball y a la acomodación incesante del pirulí, como si fuera un Lego o el cubo de Rubik.
Nada pudo salvarme de esa insistencia publicitaria, y yo quedé con el hábito de lavarme las manos varias veces al día y, en todo caso, siempre antes de sentarme a manteles. Trato de presentarme impoluto al ritual de la caricia y me lavo las manos antes y después de acometer la fricción, la tracción y la micción.
¿Por qué y para qué este húmedo recuerdo? Pues, porque Unicef celebró el 15 de octubre el Primer Día Mundial del Lavado de Manos, cruzada antiséptica que busca implantar en personas de todo el mundo, sobre todo en las niñas y los niños, el mandamiento número 11: "¡Lávese bien esas manos!". Ojalá como hacía Pinocho con su carita, juguetón: con agua y con jabón.
cgalvarezg@gmail.com
PUBLICIDAD