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Carlos Gustavo Álvarez

Padre otra vez

Publicado el 22-08-08

Pasada la frontera del medio siglo, la experiencia de la paternidad me ha llegado de una forma canina.

Mientras pienso que mi hijo Alejandro marcha hacia sus orgullosos 15 y mi hija Sara cumplirá este fin de semana sus deslumbrantes 13, el nuevo habitante de la casa duerme perdido entre mis manos con su peso de algodón. Tiene dos meses y parece salido de una fábrica de peluches. Es blanco, espumoso, y su mirada puede derretir el corazón más refractario, verbigracia, el de la dueña de la casa, que se había opuesto a su aparición y jurado sobre su cadáver que aquí jamás entraría un perro.

Pero entró. Lo trajo la chica, y cuando todos esperábamos la caja, el container o el guacal que lo albergaba, ella se lo sacó del pecho (de los pechos), cálido y privilegiado, capaz de irradiar una sensación de ternura que siempre habíamos esperado. En realidad, la que más lo había esperado era Sara. Podría asegurar que después de 'Mamá' (la primera, no hay sino una) y 'Papá' (sin comentarios), su tercer sonido gutural fue 'Guau guau'. Empezó a pedir perro con sus primeros pasos, poseída de un amor natural por los animales, que la ha llevado a establecer amistad con seres espantosos como las cucarachas del campo, una de las cuales, puedo asegurarlo, domesticó a su antojo circense.

Ya dueña de la abundante palabra femenina, optó por pedir perro cada vez que abría la boca ("quiero un perrito", "¿cuándo me traen el perro"?). El cuadrúpedo se convirtió en su sueño más inflexible, la verdadera pesadilla de su padre y su madre. Le dimos vueltas durante 10 años, la engañamos con pájaros, gallinas y conejos a los que convirtió a una especie de cofradía y que la seguían a todas partes como si hubiera nacido en Asis. La semana pasada, con todos esos mecanismos de presión asequibles a los niños de ahora, adoptó una perrita callejera que irrumpió feliz en los tersos ámbitos de la vivienda humana. Cuando llegamos por la noche sus afortunados padres, ya la feliz errabunda tenía cama, alimentación, cuidados maternales y una multiplicidad de ácaros, bichos y parásitos que trasteaban sus pestes por todo lo que fuera felpudo, peludo y barbudo. Todavía se escucha en el norte de Bogotá el grito fulminante de la madre: "¡Me saca ese animal de aquí inmediatamente!".

Fue entonces cuando intervine yo, el padre, decidido a cumplir la promesa cuyo cumplimiento había aplazado impunemente durante una década. "Tendrás tu propio perro, hija", le dije a Sara con valentía, secando sus lágrimas y bajando la voz para que no nos oyera la mamá. Y aquí tengo a 'Copito' sumergido en el calor de mi regazo. Hemos entrado en la industria de las mascotas o pets, que crece a pasos agigantados en el mundo, tal vez, porque los humanos tuvimos que acudir a los animales para que nos remedien esta soledad que no nos solucionamos entre nosotros.

Las palabras 'popis' y 'orinitos' se repiten más que una consulta en Google, todos corremos con un periódico detrás del cuadrúpedo y ya sabemos preparar una papilla asquerosa que el pequeño 'Copito' devora según su caprichoso apetito. Yo también lo llamo 'bebé' mientras lo crío.
carlosgustavo.alvarezg@etb.com.co

Carlos Gustavo Álvarez

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