El avión 767 de Avianca descendió del cielo helado de la noche andina y se enfiló hacia el Aeropuerto Internacional de Eseiza.
Minutos antes de amanecer en el sur iba a culminar el recorrido de casi 4.700 kilómetros que separan a Bogotá de la capital argentina.
Y mientras sobrevolábamos las luces de Buenos Aires, tierra florida, y el sol de invierno se anunciaba en el horizonte con el tinte especial que cubre el Río de la Plata, yo repasaba en el corazón mi historia de tangos, milongas y bandoneón arrabalero, con nostalgia de escuchar su risa loca y sentir junto a mi boca como un fuego su respiración.
Quién sabe a quién se le ocurrió que los aviones aterricen en silencio, indiferentes a la idea compasiva de serenar a los pasajeros.
Yo hubiera liberado en esta cabina abarrotada de argentinos de todos los tamaños que vuelven dorados de playa y exultantes de haber conocido a Cartagena, las notas de Mi Buenos Aires querido.
Imagínense. Tocar tierra porteña escuchando a Gardel, que cada día canta mejor aquí y en Medellín: no habrá más penas ni olvido.
La guía que nos acompaña en la busetica turística hacia el final de la Avenida San Martín nos advierte del peligro de la abstinencia: Buenos Aires lleva 35 días sin fútbol.
Dice que los hombres están desesperados, y prácticamente ya ha comenzado la romería hacia el Estadio de Racing, en Avellaneda, donde Independiente enfrentará a Estudiantes y así se romperá esta intolerable veda de pelota.
No he terminado de llegar al hotel y ya estoy buscando cómo devolverme por la Avenida 9 de Julio para hacer una de las dos cosas que no se puede eludir al llegar a Buenos Aires: ir al fútbol mágico, pan y maná de la mitad más uno.
La otra es el Tango. Buenos Aires, cuando lejos me vi, solo hallaba consuelo en las notas de un Tango dulzón, que lloraba el bandoneón. Me lanzo sobre el mapa de la ciudad. Una pareja de bailarines es la señal que da paso a las vías del corazón. La encuentro en la Plaza Dorrego.
Me voy por la Avenida Corrientes y paso Pueyrredón hacia Abasto, donde todo es Carlos Gardel: el monumento, la esquina, la estación del subte, la vieja calle donde el eco dijo tuya es tu vida tuyo es tu querer, bajo el burlón mirar de las estrellas que con indiferencia hoy me ven volver.
Piazzola Tango, Café Tortoni y El Viejo Almacén, que ya no es el de antes. Tango, Tango, vos que estás en todas partes esta noche es la ocasión.
Recurro a mi primaria de clases para bailar Tango, cuando repartieron parejas y a mi me tocó el profesor.
Yo le marché al tipo porque el Tango, dicen, se danzaba primero entre hombres. Hasta que me cansé de la postura. Porque eso sí: varón pa' quererte mucho, varón pa' desearte el bien, varón pa' olvidar agravios porque ya te perdoné. Y porque te amo y me embriago con tu aire al nombrarte Buenos Aires en mi canción.
cgalvarezg@yahoo.com
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