EL PORTAL DE ECONOMÍA Y NEGOCIOS
portafolio.com.co / opinión / columnistas / Carlos Gustavo Álvarez
El miércoles 23 de abril, todos los afortunados colonizadores de columnas en la prensa podrían utilizar ese reino para lucubrar sobre El Día del Idioma y las variaciones alrededor del tema.
Se valen reflexiones sobre la lectura; los escritores y la Feria Internacional del Libro de Bogotá que comienza ese día; el lenguaje como instrumento de guerra, maltrato conyugal y educación fallida; la industria editorial colombiana, la neurolingüística, la importancia ontológica del chisme y la necesidad que tenemos todos, pero especialmente los profesionales, de aprender a hablar para irradiar el conocimiento con una pizca de inteligencia emocional, entre otros.
Se homenajea a Miguel de Cervantes Saavedra, tajantemente llamado 'El manco de Lepanto', que escribió con su útil extremidad derecha Don Quijote de La Mancha, la onírica aventura de un caballero langaruto, que de lejos la pasó mejor que su creador.
En efecto, Cervantes es uno de esos casos donde la lotería mundana dota a un hombre con un hado suscrito por la mala suerte, la inopia y la tragedia, que se solazan en maltratarlo, aupadas por los descalabros de una época insólita.
No puedo agotar mi predio de conjeturas en detallar la vida del hijo de Rodrigo Cervantes y Leonor de Cortinas, nacido en Alcalá de Henares en 1547. Advierto, en todo caso, que de su padre heredó la penuria como una alhaja maldita y que casó con el dinero de una pelea sempiterna.
De los progenitores que enriquecerían a Robert T. Kiyosaki cuatro siglos después, a Cervantes le cayó el más vaciado, y le encimaron una vocación genética para permanecer en la olla.
Su siglo XVI fue una sola jarana entre Oriente y Occidente, fiera e inmarcesible disputa entre la Cruz y la Media Luna. Cervantes decide enrolarse, y el 7 de octubre de 1571 lo pilla como uno de los 28.000 hombres que encaramados en 200 de las malolientes galeras de entonces, y bajo el mando del casi imberbe Don Juan de Austria, que era como el Sergio Fajardo de Las Alpujarras, enfrentan a la flota turca anclada en el Golfo de Lepanto.
La Santa Alianza le ganó al Islam, y se cuentan por miles los muertos, los heridos y los aporreados, pues batalla lo que se dice batalla no fue aquello, sino más bien una algazara que degeneró en guasábara.
Como si no bastara con que amaneciera enfermo y con fiebre, Cervantes recibió dos heridas en el pecho y una en la mano izquierda, que mantuvo en su sitio, pero sirviendo solo para el apócrifo apodo.
Secuestrado, encarcelado, discapacitado, asumió a los 50 años la obligación estricta de escribir sobre la demente libertad del coetáneo y anoréxico hidalgo y su secuaz panzón.
Le falsearon el libro cuando todavía corría la tinta de la edición príncipe, y el 22 de abril de 1616 murió paupérrimo.
Conmemoramos su entierro, al que lo condujeron más descalzo que las Trinitarias sepultureras. Dejó un caso de finanzas efímeras para estudiar en el Inalde y un libro grandioso que nunca es tarde para leer de verdad.
PUBLICIDAD