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Carlos Gustavo Álvarez

Julio Iglesias pasó por aquí

Publicado el 15-02-2008

A riesgo de quedar como un viejito verde y besucón, empecinado en la remembranza de sus hazañas de catre, Julio Iglesias no pudo ser más auténtico en su concierto ante 1.500 personas, el lunes 11 de febrero en Bogotá. El más exitoso cantante de origen hispano paró aquí, a siete meses de cumplir 65 septiembres y cuando faltan solo cuatro para que complete 40 años desde que ganó el Festival de Benidorn con su canción La vida sigue igual.

Lo esperaba un salón lleno predominantemente de damas embelesadas de edad madura, otras menores y algunas mayores, con el corazón ataviado para revivir tantas emociones que marcaron sus cortas vidas y sus largos amores. Ni a ellas ni a sus parejas les importó cancelar unas boletas carísimas, para sentarse a 100 metros o en las inmediaciones de los finos zapatos del ídolo, que no acogió ni una rosa de las que le ofreció una mujer extasiada. Esos 150 minutos significaron para muchos varones el tiempo más plácido de cornucopia aceptada, pues más de una fémina se abandonó platónicamente en los brazos del español más famoso de la historia. No les importaba: ¡cuántos de ellos quisieran salir del closet de su masculinidad de piedra para confesar que Julio les derrite el corazón!

Como había presagiado Fernán Martínez en un artículo publicado en EL TIEMPO, Iglesias se dedicó a hacer chistes sexuales y a ordenarles que se callaran a quienes le pedían unas canciones cuando estaba interpretando otras o se las tarareaban cuando a él no se le daba la gana de oírse acompañado. No dejó de besar apasionadamente a dos de las esbeltas coristas. La otra escapó milagrosamente, y se temió por la suerte bucal del saxofonista, cuando Julio se le abalanzó después de un precioso solo, con esa manía suya de abrazar, tocar y besar a la gente, bien descrita en la nota de Martínez, pero mejor expresada en la letra de su canción Quijote, con la que abrió el concierto: "Y me gustan las gentes que son de verdad / ser bohemio, poeta o ser golfo, me va...".

A mi me encanta Julio Iglesias. No lo podía creer el día que nos asomamos con Fernán por una ventana de The Plaza, en la Quinta Avenida de Nueva York, y me mostró a un flaco que se rostizaba tendido a lo largo de un balcón bajo el renuente sol de Manhattan. Cuando me lo presentó, pocas horas antes de su debut en el Radio City Music Hall, no pude conciliar la voz que entonaba la triste Gwendolyne de mi adolescencia, con la imagen de ese español sonriente y desbordante, destinado al triunfo sin orillas, a un éxito mucho más extenso que la suma kilométrica de sus propiedades en la tierra.

De eso hace más de 20 años. Entonces, como ahora, algunos decían que Julio Iglesias era el peor cantante que había existido desde que pintaron animalitos en las peñas de Altamira. Cuéntenme una de vaqueros...

Carlos Gustavo Álvarez

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