EL PORTAL DE ECONOMÍA Y NEGOCIOS
portafolio.com.co / opinión / columnistas / Carlos Gustavo Álvarez
Nunca leerás estas palabras, Andrés, en la página amarilla del periódico. Donde tú estás no llegan diarios ni revistas, no titila la imagen de la televisión. Solo te alcanzan, tal vez, las ondas de la radio que atraviesan montañas y selvas convertidas en voces. Voces del secuestro que confortan, que devuelven esperanza, única sintonía con el porvenir.
Porvenir incierto luego de recibir esas pruebas de mal vivir, Andrés, que no son otra cosa. Muerte en vida, infierno de este mundo, dolor que recorre la luctuosa carta de Ingrid. Y se habla de Ingrid, de algunos nombres más y "de los demás secuestrados". ¿Cuántos más? ¿Cuántos miles más? ¿Cuántos que no han contado con la persistencia de Francia por liberar a Ingrid o la visibilidad del profesor Moncayo para salvar al hijo que le arrancaron hace diez años?
Pero no se habla de ti, Andrés. Solo te recuerdan quienes te querían, te quieren. Que eran, que son muchos, porque contigo no daban sino ganas de quererte. Te veo vivo en los ojos de tu hermana, que se llenan de soles cuando habla de ti, antes que el dolor de tanta ausencia te convierta en lágrimas, en un río de lágrimas. Lágrimas de tu madre y de tu padre, lágrimas del torrente de lágrimas que baña a la Colombia de los secuestrados.
Los tuyos lloran desde hace cuatro años, 5 meses y 15 días. Desde la tarde que recibieron la noticia. Hombres malos llegaron al río. Tú te ofreciste a acompañarlos. Para sacarlos de allí, para alejarlos de la gente que amabas. Confiabas en que los convencerías. ¿Pero cómo no? Si tú eras el amigo de todos, el confidente de todos, el afecto de todos. El más bueno de todos eras tú, Andrés. Pero los bandidos retuvieron tu alegría. La volvieron mercancía, negocio. Y en las llamadas crueles se escuchaba tu voz. Aún invencible, pero cada vez más lejos. Muy lejos...
Se pagó el rescate. No te devolvieron. Querían más, Andrés. Y el tiempo comenzó a pasar convertido en silencio hasta que todo fue silencio. Olvido. Tu foto se esfumó. Tu búsqueda acabó. Tu nombre apareció alguna vez en el periódico, perdido en una larga lista de secuestrados, la larga lista de los secuestrados anónimos. De los que no se sabe, de los que no se habla, de los que no se escribe.
Pero ha llegado la Navidad y tu recuerdo es el lucero. Las flores blancas del árbol amado. Andrés que llegaba, Andrés que cantaba, Andrés que brillaba. Andrés para todo lo que tuviera que ver con la vida. El cuarto rey mago, pastor de las estrellas. Andrés inolvidable.
Yo quisiera tener un país propio para reclamar tu libertad, Andrés. Y quisiera tener un millón de pies para marchar por la tierra entera como una multitud, enarbolando gritos: "Liberen a Andrés", "Maldito sea el secuestro", "Devuélvannos a Andrés". En fin, que yo quisiera solo que volvieras, que vivieras, Andrés.
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