Aunque quienes amamos al deporte hubiéramos querido ver una final más reñida, el triunfo de Roger Federer el domingo pasado en la final de Roland Garros no dejó de tener visos de epopeya. Las lágrimas de quien triunfó por primera vez en el mítico polvo de ladrillo de Les Internationaux de France, así nos lo hicieron sentir, que no los tres sets en los que, a pesar del tiebreak del segundo set, la supremacía del suizo nunca estuvo realmente en entredicho.
Que quien sacó a Nadal del torneo hubiese sido su contendor en la final no dejó de ser afortunado. Todos sabemos que Nadal es el rival a vencer, más cuando se juega en arcilla. Pero Nadal ya no estaba. Había perdido sin ambagues con el sueco, en quien Magnus Norman -su coach- tenía la esperanza de una revancha de su derrota a manos de 'Guga' Kuerten en la final del 2000.
No cabe duda que cerrar un partido exige. En pulso, en disposición y en inteligencia. Así se lleve una ventaja de dos sets, como la llevaba Federer, y ser esté a apenas un paso de la victoria. De ahí ese 30 - 40 que tuvo que remontar. Por ello, las lágrimas -que ya habíamos visto en enero en Melbourne, cuando perdió con Nadal la final de Australia-, y que evidencian que la frialdad que se le adosa, bien puede revaluarse.
Con este triunfo Federer iguala la marca de 14 títulos de Grand Slam que tenía 'Pistol Pete' en su palmarés y completa su 'Grand Slam' de carrera, al ganar los 4 torneos más importantes del circuito. Un triunfo que estuvo en entredicho en el partido con Haas y en la semifinal con del Potro, cuando Federer tuvo que emplearse a fondo -en la cancha y fuera de ella, al declarar que no estaba obligado a ganar por estar Nadal fuera del torneo- para ganar en 5 sets.
Este triunfo del número dos del mundo va más allá de los naturales elogios que arranca. Vuelve a ser posible que él sea, sin lugar a dudas, 'el mejor de la historia'. Por la confianza que le da este triunfo, no es descabellado esperar otros más, como ha pronosticado el mismo Sampras. Y quienes creemos que la historia se escribe, sobre todo con hazañas, hacemos fuerza para que así sea.
No sólo por la nueva marca que dejará Federer para emular en el futuro, sino por quien es él, por lo que su presencia en el circuito le ha dejado al tenis y a todos los que tenemos que ver con el deporte. Más allá de su condición técnica, del físico con el que la complementa maravillosamente, de su fortaleza mental y del tesón que le vemos siempre en la cancha -en especial desde aquella primera final con Nadal en el Nasdaq del 2005- está la persona que es y la fidelidad que le guarda a sus valores y convicciones.
Para el futuro quedarán, sin lugar a dudas, sus marcas -lo que hizo, lo que logró-, pero sobre todo el ejemplo que dio como persona, como caballero y profesional, dentro y fuera de la cancha.
No siempre concediendo ni evitando la confrontación, Federer es un profesional consagrado a su trabajo en el que, no obstante su condición excepcional, no escatima esfuerzo, ni abandona aún en las condiciones más adversas, cuando se entendería que lo hiciera. Concentrado en la cancha, da siempre lo mejor aún si le toca perder y, con gallardía, le reconoce su derrota hasta al más humilde -que lo diga Wabrinka, si no. Ni la amargura de la derrota le quita su sello reconocido en los triunfos: modestia, integridad y perseverancia.
En el deporte, como en la vida, los campeones escriben la historia con logros inéditos, y los sellan con la convicción de que para alcanzarlos hay que trabajar como si todo dependiera de uno y rezar como si todo dependiera de Dios.
GaitanCamilo@etb.net.co
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