Se cumplen ocho décadas del inicio de la Gran Depresión y es obligado comparar su origen y evolución con la actual crisis, y analizar si se logró un aprendizaje que permitiera responder a semejante desafío.
En 1929, alrededor del 2 por ciento de los hogares estadounidenses tenían acciones, pero hoy casi el 50 por ciento tienen inversiones directas o indirectas en el mercado, pues el comercio electrónico facilita las transacciones. En la Gran Depresión las empresas fueron impactadas, pues sus acciones estaban sobrevaloradas por la especulación bursátil, y en esta ocasión la crisis se inició por los abusos en el otorgamiento de hipotecas subprime y su ulterior titularización mediante derivados financieros. En la actual crisis, el sector real, automotriz por ejemplo, se ha impactado, además de su rezago para modificar sus modelos de excesivo consumo de combustible, porque al no poder recuperar su cartera, los bancos cerraron el crédito y ello redujo el consumo y la inversión.
En la Gran Depresión no existía la Comisión de Valores ni la Autoridad de Regulación del Sector Financiero, de modo que la Bolsa no tenía instrumentos para frenar el pánico. Hoy, existen normas que permiten frenar las operaciones en casos de caídas extremas.
Hay analistas que retoman la expresión de Keynes acerca de los "espíritus animales" que animan a los agentes económicos a incurrir en excesos movidos por la búsqueda arriesgada de la ganancia fácil y rápida, lo cual en verdad ocurre. Pero se habla menos del retiro de los Acuerdos de Basilea que establecen los niveles de apalancamiento que un banco debe tener con sus propios activos respeto del crédito que otorga y al marginarse de esos compromisos, Reagan abrió la puerta a los abusos que hoy lamentamos.
La FED cometió un error descomunal en 1929 al endurecer su política monetaria en lugar de reducir los tipos de interés para estimular la recuperación, pero en esta ocasión introdujo liquidez en el sistema bancario creando líneas de crédito y comprando hipotecas y otras inversiones. Es criticable que las autoridades hayan salvado a AIG y permitido la quiebra de Lehman Brothers, pues ello desencadenó el pánico y agravó la crisis: si finalmente se va a rescatar a los bancos, habrá que hacerlo pronto y sin favoritismos, y nacionalizarlos para recuperar los fondos públicos una vez se retornen a manos privadas.
Al comienzo de la Gran Depresión se esperó que el mercado corrigiera el desorden, y se llegó a un desempleo del 25 por ciento en 1931, en tanto que tras un año de la actual crisis se aproxima al 10 por ciento y hay consenso en que aún si es débil, se ha iniciado la recuperación. La reacción de inyectar fondos públicos a los bancos y empresas en dificultades, si bien tardó unos meses, ya que suponía el trámite de una ley en el Congreso en época electoral, ayudó a frenar la crisis y demostró que el gasto público orientado al estímulo empresarial, apoyo al consumo y rescate bancario, más allá de sus riesgos inflacionarios, es necesario; y es quizá la única terapia adecuada. Pero sería mejor prevenir futuras crisis con regulaciones adecuadas que los agentes respeten y el Estado garantice.
beethovenhv@yahoo.com
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