Termina la Asamblea del FMI y el Banco Mundial con propuestas de pequeños cambios en la capacidad decisoria de sus miembros, pero una vez más se ha evadido la evaluación acerca de la responsabilidad de esas instituciones en la gestación de la actual crisis.
La oferta de reasignar alrededor del 5 por ciento de los votos en favor de países emergentes deja intacto el poder de veto de Estados Unidos, pues como toda decisión supone el acuerdo del 85 por ciento de los aportantes, el hecho de que dicho país disponga del 16,5 por ciento, deja en sus manos la decisión final.
En práctica, el G-20 ha asumido el liderazgo, que hasta ahora tuvo el G-7, y ello reconoce el protagonismo de países como China, India, México, Brasil, Argentina y Suráfrica.
La entrega por parte del G-20 al FMI de US$750.000 para ser otorgados en breve plazo y sin condicionalidad, y la decisión de dar 250.000 millones en DEGs a países en dificultades, ha contribuido a amainar la crisis internacional. Y han ocurrido hecho notables: Brasil, que recibió hace una década US$30.000 millones y que había pagado toda su deuda al FMI hace dos años, acaba de entregarle US$10.000 millones pasando a convertirse en prestamista; similar decisión ha tomado China.
Venezuela en cambio, que había pagado toda su deuda al FMI en el 2007, acaba de recibir 3.500 millones en DEGs, lo cual muestra que a pesar de las críticas que el Gobierno venezolano hace a dichas entidades, se mantiene en el sistema para poder acudir a sus recursos en coyunturas negativas como las que se viven. Argentina, que declaró una moratoria cercena a los 100.000 millones en el 2001, acaba de aceptar la auditoría del FMI a sus cuentas macroeconómicas, por exigencia imperativa del Club de París, para poder retornar al mercado financiero internacional.
El Banco Mundial por su parte, ha llamado a aumentar su capital y ha ofrecido también un cambio mínimo en la proporción de su votos, pero está en deuda de hacer un balance de la eficacia de sus proyectos, pues no sólo hizo caso omiso por muchos años del impacto ambiental de los mismos, y se concentró en energía hidroeléctrica sin desarrollar fuentes alternativas (eólica, biocombustibles, solar, biomasa), sino que la pobreza, para cuya erradicación fue creada dicha institución, persiste en niveles inaceptables.
El FMI pretende mostrarse como ente académico que entrega periódicamente pronósticos económicos, los mismos que corrige en breve plazo y que casi nunca se cumplen. Hay consenso en que no logró advertir ni prevenir la crisis asiática, ni la actual, y en que sus políticas no fueron eficaces. Malasia se negó a aceptar las políticas del FMI y se recuperó antes que Tailandia, que sí las aceptó; e inusualmente, en la Cumbre del G-20 en abril en Londres, el FMI reconoció haberse equivocado por vigilar sólo a los países en desarrollo y no a las economías desarrolladas, en donde se generó esta crisis.
El FMI y el BM están en mora de explicar por qué los países deben reconocer y seguir pagando las deudas contraídas por gobiernos ilegítimos, cuyos recursos se apropiaron indebidamente o se fugaron a paraísos fiscales.
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