Desde su creación en 1995, la Organización Mundial de Comercio (OMC) ha cumplido un papel fundamental como guardián del sistema multilateral de comercio; ha contribuido además a generar confianza y certidumbre a favor de las políticas comerciales que promueven los intercambios de bienes y servicios en la economía mundial. Sin embargo, con el pasar del tiempo la OMC se ha convertido en un espectador más en el concierto global en lo que tiene que ver con la liberalización de los mercados.
Proceso que adelantan por su cuenta y riesgo de manera creciente a nivel unilateral, bilateral o plurilateral, el grueso de los 153 países miembros de esta influyente Organización. En evidente detrimento del multilateralismo comercial, que desde sus orígenes impulsó el antiguo GATT que regentó el comercio mundial entre 1947 y 1994.
Un análisis del Banco Mundial muestra cómo la reducción de aranceles observada desde 1995 se explica en 65 por ciento por las liberalizaciones autónomas; 10 por ciento corresponde a los 167 acuerdos comerciales bilaterales negociados desde entonces; y tan solo el 25 por ciento responde a la implementación de los resultados multilaterales de la Ronda Uruguay que culminó en 1994.
En consecuencia, la OMC pierde con el tiempo relevancia en negociaciones comerciales, cuya credibilidad se encuentra igualmente comprometida por los burlados intentos de cerrar la denominada Ronda del Desarrollo o Ronda Doha, iniciada con bombos y platillos a finales del 2001 en la capital de Qatar, forjada supuestamente para favorecer a los países más necesitados del planeta. Han pasado 8 años y todavía tendremos que esperar, en el escenario más optimista, al menos otros 2 para ver la implementación de sus resultados, cada vez más diluidos por la multiplicidad de compromisos que coartan a la OMC, que si bien decide por consenso, lo hace maniatada por el rasero del mínimo común divisor.
A ello se suma la inefectividad de la OMC como foro de solución de disputas comerciales, especialmente cuando se encuentran comprometidos los países en desarrollo. El caso más frustrante y emblemático tiene que ver con la guerra del banano, que desde 1992 adelantan los productores de banano de América Latina contra el discriminatorio régimen comercial de importación impuesto por la Unión Europea, todavía a la espera de una solución satisfactoria para nuestra región.
De ahí la pertinencia de la propuesta de Uri Dadush, del centro privado de estudios norteamericano Carnegie Endowment for International Peace, relativa a la reforma de la OMC. La esencia de la iniciativa de rescate del multilateralismo comprende la aplicación flexible de una 'geometría variable' mediante la cual se negociarían acuerdos parciales que comprometerían exclusivamente a los miembros que estén de acuerdo, con la posibilidad de extensiones posteriores.
Lo anterior se podría complementar, sostiene Dadush, con la eliminación de los aranceles inferiores al 3 por ciento; prohibición de los subsidios a las exportaciones agropecuarias; adopción de un código de reglas de origen y de un mecanismo de solución de diferencias para los países en desarrollo más rápido y efectivo; inclusión de nuevos temas como cambio climático y fortalecimiento de la secretaría de la OMC.
¡A reformar la OMC tocan!
aespinosa@minagricultura.gov.co
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