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Andrés Espinosa Fenwarth

¿G-8 o G-20?

Publicado el 09-07-08

La insoportable levedad de la cumbre del Grupo de los Ocho, realizada esta semana en Hokkaido al norte de Japón, con su tradicional foto y sesudo comunicado de prensa, pone de presente la inaplazable necesidad de armonizar los múltiples foros internacionales que rigen el mundo actual, desde los conflictos internacionales, la ayuda alimentaria, la pobreza y la proliferación nuclear hasta el cambio climático y los flujos de comercio y de inversiones internacionales.

El G-8, concebido en los albores de la crisis del petróleo de los años setenta, ejemplifica la pérdida de sintonía con la realidad que nos circunda y guía de manera diaria. En sus comienzos, el club de los países desarrollados -entonces conocido como el G-7, compuesto por Estados Unidos, Canadá, Alemania, Francia, Gran Bretaña, Italia y Japón- fue puesto a prueba mediante la efectiva coordinación de sus políticas para luchar contra la recesión de finales de la década de los setenta. Rusia entraría como miembro de pleno derecho en 1998, en reconocimiento a su apertura hacia Occidente.

Con la llegada del nuevo milenio, la globalización puso de cabeza los cimientos básicos de la economía, la política y el comercio internacional de bienes y servicios, regidos actualmente bajo patrones pasados de moda y de manera exclusiva por las naciones industrializadas.

Como sostiene Carlos Pascual, director del Brookings Institute de Washington, la membrecía actual del G-8 "no tiene el poder ni la riqueza para resolver los mayores problemas del mundo", lo cual hace pensar que "una representación más amplia de países es necesaria".

Quizás lo mejor sería abolir por completo el G-8 y reemplazarlo por el G-20, como propone William Drozdiak, presidente del American Council de Alemania, cuyos representantes engloban a todos los continentes, cuenta con las dos terceras partes de la población del planeta y representa el 90 por ciento de la actividad económica global.

El G-20 existe desde 1999 como una auténtica coalición de países industrializados y economías emergentes de mercado, que coordinan las políticas financieras internacionales con la participación de banqueros centrales y ministros de Hacienda y de Finanzas.

Es previsible que un cambio de esta naturaleza genere gran resistencia, pues pese a que los flujos financieros, de comercio, de inversiones e incluso los migratorios han cambiado dramáticamente en los últimos años, la verdad es que las grandes potencias se resisten a compartir el poder político global.

Para comprobarlo, basta recordar la fallida ampliación del Consejo de Seguridad de la ONU y la absurda ponderación de votos del IMF, donde Bélgica pesa más que China.

La virtud del G-20 como foro global tiene que ver con el balance en la representación geográfica, económica y política de sus miembros, cuya legitimidad proviene de ofrecer potente voz a América Latina, por medio de Brasil, Argentina y México; al Asia, por intermedio de China, India, Corea del Sur, Indonesia, además de Japón; a los países petroleros, a través de Arabia Saudita, y a Sur África por África.

Andrés Espinosa Fenwarth

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