En los países con un relativo grado de desarrollo político, los temas que ocupan la agenda pública son los que tienen que ver con el manejo del Estado, concepciones de la sociedad o asuntos que afectan la vida diaria de los ciudadanos y alrededor de eso, se alinderan los partidos. Asuntos como el tamaño del Estado, el grado de intervención en la economía, las privatizaciones, las prioridades en la asignación de los recursos públicos, la cobertura de salud, la generación de empleo, los derechos civiles, la igualdad entre los sexos, el aborto, el manejo de la drogadicción, entre otros, son objeto de debate permanente entre los ciudadanos y en los medios masivos de comunicación.
Colombia es un caso aparte. Desde el 2003 a hoy, es decir, hace seis años, el único tema de discusión es el de si reelegimos o no al Presidente. Ese no era asunto de la agenda pública, porque durante el siglo XX y lo que va corrido del actual milenio, ningún jefe de Estado había llegado con la intención de cambiar la Constitución en su propio beneficio. Son seis largos años en que la agenda de la nación se ha visto sustituida. Esta perversa estrategia del presidente Uribe lo mantiene siempre en el primer lugar de la atención pública. Colombia no estaba acostumbrada a la figura del 'presidente candidato', pues como lo dice la Constitución, el jefe del Estado "símbolo de la unidad nacional" era siempre el árbitro y no el protagonista de la lucha por la Presidencia.
Todavía estamos discutiendo sobre si el referendo -nuevo intento para salirle al paso a la interpretación de la Corte Constitucional en el sentido de que un segundo mandato de quien sea, llámese Uribe o Pérez, sustituye la Constitución del 91- pasa o no pasa en la Cámara de Representantes.
Y mientras tanto, dejamos de hablar de otras cosas como la escandalosa cantidad de los 28 millones de colombianos que viven en la pobreza y en la indigencia, el aumento del desempleo a una cifra ya superior al 12 por ciento con casos como el de Pereira, por encima del 21 por ciento, el tremendo drama de los desplazados, el resurgimiento de bandas criminales, el aumento de la inseguridad en campos y ciudades, el auge de la drogadicción, la desintegración del núcleo familiar, las masacres, siendo la última de ellas la de niños indígenas en el departamento de Nariño.
Es necesario rescatar el valor de la política, agitar ideas, plantear soluciones. El mal legado que el presidente Uribe le deja a la nación, es haber personalizado el ejercicio de la política y retrasado la rueda de la historia a las que creíamos superadas etapas de los caudillismos populistas.
Un gran favor le haría a la democracia de este país el presidente Uribe, desistiendo de la absurda idea de perpetuarse en el poder. Hoy, la agenda legislativa está paralizada, la pública congelada y la ciudadanía anestesiada. Este no puede ser un país indolente que tenga a más de la mitad de su población fuera de cualquier posibilidad de gozar de los derechos sociales, mientras el Congreso pasa los días enteros ocupándose del tema de la reelección. Los partidos deberían pegarse un gran sacudón y volver a pensar en términos políticos. Desistimos de hacer política y de ocuparnos de los verdaderos asuntos que aquejan a la gente por hacerle el juego al Presidente de estar hablando exclusivamente de reelección o no reelección.
Dejemos atrás la equivocación que consiste en confundir políticas con elecciones y elecciones con encuestas.
gomezgomezabogados@cable.net.co
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