Con razón se le consideraba el 'decano' de los congresistas, llegó al parlamento -de donde solo salió por veinte días como Ministro de justicia de López Michelsen en 1968- Fue un hombre de provincia que se tomó la capital gracias a su inteligencia y esfuerzo personal. Nació sin apellidos y sin privilegios. Trabajó como portero en el Congreso para poder estudiar, y más tarde cumpliría oficios menores en Londres para poderse especializar en el London School of Economics. Fue militante del movimiento Revolucionario Liberal e hizo de La Dorada -había nacido en Aguadas Caldas- su principal fortín electoral, por lo que se le conoció en su época como uno de los 'caciques' electorales en el país.
Pero Víctor Renán fue mucho más que eso. Un parlamentario juicioso y disciplinado en el estudio. Él mismo escribía sus ponencias y proyectos de ley, y todas sus intervenciones en las comisiones económicas eran seguidas con atención, no solo por sus colegas, sino por los diferentes ministros de Hacienda. Fue durante muchos años el 'faro económico' en las discusiones en el parlamento. A pesar de venir y vivir en provincia permanecía informado como pocos de lo que pasaba en la política mundial. Era conocido por ser uno de los infaltables lectores de The Economist antes de que se pudiera consultar por Internet.
También será recordado como el padre de las distintas reformas tributarias. Juan Camilo Restrepo ha recordado cual decisivo fue su aporte en 1984 para la implantación del entonces novedoso Impuesto al Valor Agregado -IVA- uno de los pilares fiscales de la nación.
Muchas veces fue declarado el parlamentario del año. No dejaba de asistir a una sola de las sesiones en comisión o en plenaria. Al margen de consideraciones partidistas era tenido por todos como un maestro no solamente en materia tributaria, sino en hacienda pública. Mucho le debe el país a Víctor Renán Barco en el impulso de la descentralización fiscal y fue un defensor incansable de la autonomía regional. No era político que estuviera escondiéndose a la hora de tomar posiciones y nada tenía que ver con la hipocresía reinante a veces en el Parlamento. Tenía una gran coherencia entre lo que pensaba y lo que decía, y no estaba diciéndole a cada quien lo que quería oír.
De una proverbial sencillez. Muy culto. Nunca dejó de ser un hombre de costumbres provincianas, y hacía alarde de que solamente le gustaba vivir en La Dorada. Dotado de un fino sentido del humor, propio de su brillante inteligencia. Eso lo llevó a decir en alguna ocasión, y cuando tenía la oportunidad seria de ser primer designado (equivalente hoy a vicepresidente), que no aceptaba el cargo, porque no tenía ropa adecuada para posesionarse en tan alta dignidad.
Pero ante todo fue un hombre de partido. Nunca abandonó al liberalismo, ni hizo gala del oportunismo hoy tan en boga. Muchas de sus actuaciones fueron controvertidas como lo son todas la de los hombres públicos. Modelo de político que ya casi no se encuentra, no se dedicó solamente a conseguir votos, sino a cosechar ideas sobre el manejo del Estado. Era un placer oírlo, disertar sobre los temas más abstrusos de la economía y la hacienda pública. Voraz lector, fue un intelectual a veces perdido en los vericuetos electorales.
Colombia ha perdido un parlamentario ejemplar, de esos que en países con más sentido de la historia que el nuestro se le hubiese rendido permanente tributo. Su paso por el Congreso dejó una honda huella. El liberalismo se quedó sin uno de sus más preclaros conductores e ideólogos, de esos que tanto necesita, ahora que el pragmatismo paralizante suele mostrar como prueba de astucia.
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