En medio de tantas noticias sobre 'parapolítica', 'falsos positivos', volteretas de los políticos, reelección presidencial, ministros atornillados a sus cargos, hemos dejado de lado el análisis de tantos hechos que pasan, que nos presentan ante los ojos del mundo como una sociedad enferma y con intensas tensiones sociales. Una veintena de jóvenes desaparecen en Soacha -supuestamente reclutados por criminales- y luego
coincidencialmente aparecen muertos en 'combates' con el Ejército en Ocaña. Una madre golpea inmisericordemente a su pequeña hija, porque llora o pide algo. Un tío de un menor participa en su secuestro para extorsionar a un extranjero que vive con la madre. Un desalmado padre en Chía paga 500 mil pesos para que unos criminales "desaparezcan" a su hijo de once meses, para sustraerse del pago de obligaciones alimentarías. La criatura está muerta.
A diario los medios dan cuenta de colombianos, casi siempre niños, que mueren por lo que llaman 'balas perdidas'. El más dramático caso, es el de un bebé que logra ser salvado por los médicos después de que la madre embarazada es víctima de una bala, al parecer disparada dentro de un cruce entre bandidos. En el Vichada mueren en pleno siglo XXI niños, por hambre como en cualquiera de las dolorosas crónicas de Víctor Hugo en Los Miserables. A estas alturas aún fallecen niños por enfermedades que se creían superadas y cuya vacuna valdría menos de un dólar.
Los desplazados de la violencia paramilitar y guerrillera deambulan por la calles de las ciudades, sin ninguna esperanza y viendo cómo sus hijos tienen que escoger tempranamente el camino de la delincuencia o la prostitución.
Ya casi ni registran los medios los horripilantes casos de violencia sexual contra niños de pocos años e incluso de meses.
Todos estos elementos de una sociedad descompuesta, deben ser estudiados por sociólogos para fijación de las políticas públicas. Ninguno de esos temas hacen parte de la agenda ni del Gobierno, ni de los partidos. De manera facilista, algunos congresistas cada vez que ocurre un caso de maltrato, violación o secuestro, se limitan a pedir el aumento de las sanciones o a solicitar la pena de muerte, fórmulas mil veces ensayadas y mil veces fracasadas. Pero no estamos yendo a fondo de las causas de tamaña descomposición social. Muy difícil que en estas condiciones podamos conseguir la necesaria 'cohesión social' planteada en algunos de los discursos del presidente Uribe.
¿De qué nos sirve registrar cifras de crecimiento económico, o la derrota de la guerrilla, o seguir con el engaño de cambiar la Constitución para que todo siga igual, mientras tengamos este golpeante cuadro de desintegración social?
En el caso de los menores, lo irónico es que todo ello ocurre en el marco de una Constitución que dice que los derechos de los niños prevalecen sobre los de los demás. Valdría la pena preguntarse qué hacen las autoridades, comenzando por el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar que maneja un abultado presupuesto, para hacer efectiva ésta orden constitucional, que por lo visto no deja de ser un irónico como cruel canto a la bandera.
¿Qué sistema social sostiene este régimen político? ¿Cómo están funcionando los nexos familiares? ¿Qué está pasando en este submundo que no queremos ver? ¿Qué hay más allá del país idílico de las pasarelas y los reinados de belleza? ¿Por qué nuestros niños aguantan hambre? ¿Por qué todavía mueren por desnutrición? Debemos ser imaginativos en la identificación de las causas y en la búsqueda de soluciones a una situación social que genera desequilibrios, desajustes, y pone a flote a veces las más bajas características del ser humano.
gomezgomezabogados@cable.net.co
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