Al visitar la capilla ardiente en el capitolio que contenía el cuerpo sin vida de un ser tan vital como Fanny Mikey, estuve gratamente sorprendido por la interminable fila de jóvenes, ancianos, hombres y mujeres humildemente vestidos, que desafiando el frío y la lluvia, esperaban horas para tener apenas unos segundos para despedir a quien consideraban como parte de su propio ser.
Esta argentina de origen -más colombiana que cualquiera- supo llegar al alma popular. Y no de cualquier manera. No con discursos demagógicos. Tampoco repartiendo mercados en los barrios populares. Menos diciéndole a la gente lo que quisiera oír. Se ganó el corazón de los humildes, popularizando el teatro y otras manifestaciones de la cultura. Antes de Fanny, el teatro era visto como expresión de refinados gustos elitistas. Después de ella, si cabe la expresión, el teatro se convirtió en un producto de consumo popular.
Su arrolladora personalidad hizo que ni Ministros, ni Alcaldes, ni Presidentes, ni Empresarios se atrevieran a decirle que no cuando tocaba a sus puertas para financiar el festival iberoamericano de teatro, en forma tal que pudiera llevarlo a todos los sectores sociales. Fue además la madre y hermana de toda una generación de actores que ella 'descubrió', impulsó y estimuló hasta el final de sus días. En sus exequias los vimos llorar, ya no en una representación, sino como expresión de su dolor sin límites por la partida de su mecenas, amiga y cómplice.
Mi primer recuerdo de Fanny se remonta a mis épocas de estudiante, cuando en el antiguo Teatro Odeón, asistí por primera vez a la extraordinaria representación de I Took Panamá, la obra que mostraba con sólidos fundamentos históricos la indolencia de la clase política colombiana, que al comienzo del siglo XX permitió o estimuló por bajas pasiones y mezquinos intereses la desmembración del país.
En los últimos diez años tuve la fortuna de disfrutar de su amistad y de percibir más de cerca su inmenso compromiso, con lo que hacía, con sus amigos, y con esta nación que la despidió como ella lo quiso siempre. Era disciplinada hasta para la rumba. Por fuerza del destino, terminó además siendo empresaria de una causa noble. Seguía al detalle, toda la organización del Festival Iberoamericano de Teatro, desde el transporte y alojamiento de los actores y actrices, hasta las dificultades que surgieran al último instante de cada representación. No sé cómo hacía para entenderse con gente de todos los continentes, de todos los idiomas, sin que se armara la torre de babel. Fanny los entendía a todos y todos a ella. Parecían amigos de toda la vida. Su fuerza e intensidad vital superaba todas las barreras y obstáculos.
Estaba al tanto de los problemas de cada uno de los actores, propios o extraños. Recuerdo cómo vivió, como si fuera propio el calvario que sufrió uno de ellos que tuvo problemas judiciales. Las 'palabrotas' -que tan bien le sonaban- brotaban a borbollones cada vez que creía que algo estaba saliendo mal, o que la gente no estaba tomando en serio el trabajo. Sus convicciones de izquierda en algún momento llegaron a crearle problemas de seguridad, que nunca magnificó, y que no lograron detener el huracán interior que la impulsaba.
Fanny se ha ido. Pero se queda en el alma agradecida de todos los colombianos. En el corazón de esas gentes humildes que lloraban al despedirla. En el afecto de un pueblo, que con razón, la considerará por siempre un verdadero símbolo nacional, en un país en donde a tan pocos se les puede dar este calificativo. En fin, se fue para quedarse de por vida en el adolorida alma de la nación.
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