En medio de la explicable 'avalancha' causada por la extraordinaria movilización nacional -sin precedentes- contra la violencia de las Farc, contra el secuestro de personas y por el acuerdo humanitario, han pasado sin mayor eco noticias que, en otras circunstancias, hubieran copado las primeras páginas de los diarios y noticieros de radio y televisión. María Jimena Duzán, en su columna del lunes en 'El Tiempo' escribió sobre la gravedad que implica el que en un Estado democrático el jefe de la inteligencia sea llamado a responder en juicio criminal ante la Fiscalía por haber puesto la institución al servicio del paramilitarismo. Pero hay otros casos sepultados por la 'avalancha de la mancha'.
Un noticiero de televisión de la década de los ochenta, mostró a unos sorprendidos colombianos la imagen del mercenario israelí Jahir Klein, en pleno entrenamiento de sicarios al servicio de una asociación entre ganaderos del Magdalena Medio, autodefensas y narcotraficantes. El cuadro era espeluznante. Jóvenes de aspecto casi campesino aprendiendo a disparar con destreza, sin piedad alguna, desde vehículos en movimiento. Esas 'prácticas' se hacían muy cerca de las instalaciones del Batallón Bárbula de Puerto Boyacá, uno de cuyos comandantes el Coronel Bohórquez, fue retirado por el Gobierno Barco y luego misteriosamente asesinado en junio del año 1991.
Ese grupo de asesinos entrenados por Klein -basta recordar el tristemente celebre 'negro Vladimir'- fue protagonista de las peores masacres cometidas en la historia de Colombia. Quienes fueron procesados y condenados como autores materiales del crimen del candidato Luis Carlos Galán Sarmiento, habían sido 'adiestrados' en esa misma escuela del mercenario Klein. De manera extraña el israelí salió del país, alegando que él había sido contratado por ganaderos y miembros de la Fuerza Pública para participar en un proyecto anticomunista. Años después se le inició el proceso por conformación de grupos paramilitares y durante mi gestión como Fiscal se le dictó medida de aseguramiento y resolución de acusación. Sin éxito se solicitó su extradición. Capturado en Sierra Leona, a pesar de los esfuerzos que se hicieron no fue posible lograr su extradición para que respondiera por sus crímenes. Finalmente, el Tribunal Superior de Manizales lo condenó en ausencia a diez años de prisión.
Ahora está preso en Rusia y el Gobierno ha accedido a una petición de la administración Uribe para que sea remitido al país. Hay que destacar la labor de la Cancillería colombiana con miras a conseguir que los crímenes del mercenario no queden en la impunidad.
La extradición que ha sido concedida es trascendental para conocer esa bochornosa parte de la historia reciente de nuestra Nación. El Magdalena medio fue el corazón del paramilitarismo. Ahora que se esta procesando a políticos por sus pecaminosos nexos, el testimonio del mercenario Klein, puede ser decisivo para el esclarecimiento final de tanta infamia. Es indudable que el paramilitarismo surgió como una reacción a las bárbaras acciones guerrilleras. Pero se cometió la equivocación de combatir un crimen con otro crimen. Para el proceso de verdad, que todavía no toma cuerpo en la llamada Ley de Justicia y Paz, es decisiva la participación de Klein. El deberá ahora -claro está, si no sufre un repentino ataque de amnesia- explicar quiénes, cuándo, cómo y para qué lo contrataron en esa accidentada fase de la lucha antiguerrillera en Colombia.
Ya que nosotros hemos extraditado tantos colombianos -muchas veces por causas menores- ya está bien que ahora nos entreguen en extradición a un extranjero que al parecer por dinero, contribuyó -y de qué manera- al ensangramiento del país.
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