Si se olvida la historia...
04-06-09 -
Algunas de las más interesantes y dramáticas experiencias que he tenido en mi calidad de observador de la economía, fue la de vivir en Perú durante los gobiernos de Alan García y Fujimori.
Tal vez algunas de las más interesantes y dramáticas experiencias que he tenido en mi calidad de observador de la economía, fue la de vivir en Perú durante los dos últimos años del primer gobierno de Alan García y los dos primeros años del de Fujimori, incluido su autogolpe de Estado del 5 de abril de 1992, en el marco de una guerra desbordada por Sendero Luminoso, basada por cientos de acciones terroristas contra la capital: Lima.
Entre 1990 y 1992 en ese, entrañable para mí, país latinoamericano, todos los males parecían juntarse: violencia, terrorismo, hiperinflación, devaluación desbordada, salida masiva de capitales, desempleo, informalidad, miseria y una desesperanza insondable.
Anécdotas de ese periodo son muchas: los cambios de precios hasta tres y cuatro veces al día, los funcionarios públicos con salarios miserables que se acercaban a su oficina y dejaban el saco en la silla de su escritorio para que se atestiguara su presencia, mientras salían a completar sus ingresos de subsistencia en sus 'escarabajos' como taxistas, el toque de queda sólo para vehículos en las noches, la escasez del vidrio flotado para reponer los ventanales destruidos por las bombas.
También a los ricos, cada uno con un grupo electrógeno en su casa o edificio para suplir los cortes hasta de varios días de luz y los miles de cambistas de dólares cada uno con calculadora en mano. Esto fue para mí una lección de sociología, economía y hasta de psicología. El que no lo vivió lo podrá leer, pero no entender.
Luego vino la esperanza representada en un enigmático y desconocido ingeniero peruano-japonés, profesor de la Universidad Agraria, quien montado en un tractor como eslogan de campaña, prometía tecnología y trabajo. Sorprendentemente derrotó en segunda vuelta al representante de la derecha peruana, el extraordinario escritor, pero pésimo político, Vargas Llosa, que se quedó conversando con su soledad en la bella Catedral limeña.
De su Gobierno ¿qué podemos decir? Combatió y derrotó a Sendero Luminoso y su sangriento movimiento maoísta, y capturó a su líder Abimael Guzmán. En materia económica hizo todo lo contrario a lo que prometió y aplicó un violento programa de ajuste estructural que borró de un tajo la inflación, pero no la pobreza. Desde el autogolpe, y sistemáticamente, destruyó las instituciones de la ya maltrecha democracia.
Era soberbio, casi un emperador, sus desplantes eran proverbiales. El sistema de inteligencia lo comandaba un oscuro ex capitán, condenado en el pasado por traición a la patria: Vladimiro Montesinos, quién instauró un régimen de violación de todas las libertades civiles desde el Estado, justificando cualquier exceso contra los derechos humanos por la lucha antiterrorista. La corrupción campeaba en el Gobierno y en la familia presidencial.
Un día, después de una nueva reelección montada con base en legislar para sí mismo, todo se desvaneció como un castillo de naipes. Fujimori pasó de héroe a villano. Sus antiguos amigos, especialmente quienes se beneficiaron del poder económico, le dieron la espalda. Hoy la historia es conocida: condenado y encarcelado por sus excesos. Su esperanza es Keiko, su hija, la congresista más votada del Perú y favorita en las encuestas para la próxima presidencia. El fin no justifica los medios. "Los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla".
dgumanam@unal.edu.co GERMÁN UMAÑA M.
Profesor (P) Universidad Nacional
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