La sucesión de escándalos en las entidades del Estado deteriora su imagen frente a la opinión pública. A diferencia de lo que ocurría en otras épocas, en los medios de comunicación de nuestro país ya no son suficientes los espacios judiciales para registrar los escándalos, especialmente de corrupción, porque el material se encuentra en todas las áreas, principalmente en la política. Este ambiente viciado conduce a estigmatizar las instituciones y a generalizar las apreciaciones, tendiendo un velo sobre las ejecutorias de funcionarios brillantes, honestos y con frecuencia sacrificados, que los hay muchos.
Las formas de delitos contra el patrimonio se han multiplicado con el avance de la tecnología, y el maridaje de la guerrilla y los paramilitares con algunos políticos ha incrementado el escamoteo de los dineros públicos. La confabulación de todos estos hechos y sus actores, alimentada por el narcotráfico, parece haber exacerbado las ansias de poder y de riqueza; ahora es común oír hablar además de los negocios de la 'parapolítica', la 'yidispolítica' y las incontables pirámides. Pero también existe un anhelo vehemente de figuración; la solemnidad de las decisiones, a veces trascendentales, con frecuencia desciende a niveles de entrevista o de declaración de prensa. Tal pareciera que algunos funcionarios se maquillan temprano en la mañana para no ser sorprendidos por los camarógrafos o los fotógrafos, que ansiosos aguardarán durante el día.
Por fortuna, en medio de esta nueva fiebre del oro y del narcisismo, trata de abrirse camino el país real, donde funcionarios honestos, en toda la extensión de la palabra, cumplen su misión con fines nobles, de manera eficiente y discreta. Pero, tristemente, llegan y se van en forma desapercibida, porque nunca se les expresa públicamente la gratitud que todos les debemos, por sus esfuerzos y su sacrificio; es como si aceptáramos en forma implícita que todos los funcionarios llegan a usufructuar los cargos, ignorando que, todavía, por fortuna los buenos son la mayoría.
Para la muestra algunos escasos, pero significativos ejemplos. La junta del Banco de la República, a veces criticada, ha tenido que tomar decisiones trascendentales, algunas controvertidas, pero la mayoría acertadas. Sus miembros han puesto al servicio de ese organismo su inteligencia, rectitud y eficiencia, además en forma discreta. Como Leonardo Villar Gómez, quien antes había realizado una brillante gestión como viceministro Técnico de Hacienda. También se critica en forma indiscriminada a la justicia, a pesar de que la enorme mayoría de sus integrantes ha venido cumpliendo sus obligaciones con integridad y discreción, dejando al país valiosos aportes jurisprudenciales, como los de los ilustres magistrados Manuel José Cepeda Espinosa y Álvaro Tafur Galvis.
El servicio exterior colombiano es criticado, muchas veces con razón, porque su politización rebaja la calidad de la gestión; sin embargo, quién podría ignorar los invaluables servicios de Camilo Reyes Rodríguez y Guillermo Fernández de Soto, dos de los colombianos que más saben de esos asuntos. En resumen, sería bueno que en Colombia se hablara bien de la gente, no solo en forma póstuma; entre otras cosas, porque a veces el llanto suele soslayar algunas no muy buenas acciones de los 'vivos'.