Reflexión después del G-20

14-04-09 -
Los líderes de las economías que representan el 90% del PIB mundial lograron acordar estrategias creíbles para hacerle frente a la monumental crisis económica y financiera que vive el mundo. La reunión del G-20 en Londres fue un éxito (así suene pleonástico), porque no fracasó. Recuérdese que la que se había llevado a cabo en Washington en las postrimerías de la administración Bush -inmediatamente estalló la crisis financiera- fue un completo fiasco que hundió aún más los mercados ante la percepción de que sus conclusiones habían sido inocuas.

En esta ocasión no sucedió así. Contrario al escepticismo que la precedió, los líderes de las economías que representan el 90 por ciento del PIB mundial lograron ponerse de acuerdo en estrategias creíbles para hacerle frente a la monumental crisis económica y financiera que vive el mundo. Y lo que es más importante: para prevenir descalabros similares en el futuro.

Leyendo el extenso comunicado que produjeron los jefes de Estado reunidos en Londres el pasado 4 de abril, queda en claro que las más grandes economías del mundo no van a quedarse cruzadas de brazos. Y que no dejarán que el planeta se sumerja en una recesión interminable como la de la década de los años treinta en el siglo pasado.

Las conclusiones son de dos tipos. Unas inmediatas y cuantificadas. Como por ejemplo, el compromiso de capitalizar en US$500.000 millones al Fondo Monetario Internacional y la de apoyar en otra suma similar la liquidez del comercio mundial.

Las otras tienen que ver con compromisos formales -aparentemente muy serios- que contrajeron los países signatarios del acuerdo de Londres para, en un plazo muy corto, reforzar los instrumentos de control, supervisión y seguimiento de las entidades crediticias. Se le apretarán las tuercas al mercado financiero.

No prosperó la tesis de que se creara un supervisor internacional como algunos lo habían sugerido. La responsabilidad de vigilar más estrechamente el funcionamiento pulcro y seguro de las entidades financieras (donde se ubica la causa precisamente de la actual crisis) seguirá siendo una tarea de cada país. Pero se refuerzan los mecanismos de intercambio de información y de monitoría internacional, puesto que siendo globales los problemas debe haber un grado mínimo de coordinación entre los países.

Por ejemplo, se reitera la importancia de las reuniones periódicas de los 'colegios de reguladores' (es decir, del equivalente a nuestra Superintendencia Financiera) para que intercambien informaciones sobre el riesgo que puedan estar experimentando los grandes bancos. Y sobre la armonización recomendable en la regulación financiera y contable de los mercados. En este sentido el llamado 'Consejo de Estabilidad' que había venido siendo un foro subalterno sale inmensamente fortalecido de esta reunión del G-20.

Las agencias de calificación de riesgo (que hasta el momento habían pasado de agache) salen también muy cuestionadas. Las van a hacer registrarse ante los reguladores; tendrán que utilizar estándares contables mucho más transparentes; y deben desmontar todas aquellas operaciones que las conduzcan a manejar conflictos de interés, muy comunes en su actividad hasta la fecha.

La crisis se comenzará a superar -tal es el consenso mayoritario- hacia el segundo semestre del 2010. El próximo año será todavía de recesión y de altísimo el desempleo.

Pero la decisión política contundente que trasluce el comunicado de los jefes del G-20 deja la impresión de que dos cosas van a suceder en el futuro próximo: la primera, que no se dejará caer al mundo en los precipicios de la Gran Recesión de los años treinta del siglo pasado. Y la segunda, que el sistema financiero tendrá que salir con una cara más limpia, más sólida, más transparente y más eficiente de la que tenía cuando en septiembre del año pasado iniciamos el duro camino de la crisis que hoy enfrenta el mundo.

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JUAN CAMILO RESTREPO Ex ministro de Hacienda

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