Para Senado de la República he votado varias veces Liberal-Piedad Córdoba. Lo he hecho pensando mucho más en Piedad que en el Partido. Le tengo respeto y consideración a ese ser humano sincero, trabajador e inteligente. Me gustan sus grandes habilidades oratorias, cuando la razón domina a la rabia, para exponer con claridad sus ideas de socialista democrática. Me gusta su valentía a la hora de lanzarse frontalmente contra la corriente en una tierra donde la 'opinión pública' urbana, llevada por la televisión y la radio, se incomoda y se revuelve asustada ante la diferencia, ante la disidencia. Me gusta la autenticidad de sus sentimientos: es una mujer solidaria, fraternal, compasiva.
A lo largo de estos años he estado con frecuencia en desacuerdo con los que considero serios errores de expresión verbal y de transmisión de imagen de Piedad Córdoba. Su impaciencia -y su reacción apresurada ante los frecuentes insultos- se la han llevado de calle en varias ocasiones, causando ofensa innecesaria e imprudente. En ocasiones ha lucido simplemente desafiante y desplantada. Con todo ello, claro, 'ha dado también papaya' para que muchos medios de prensa repitan en descarga una imagen de la 'Negra Piedad' que provoca más furia entre sus enemigos, más insultos, más amenazas, más caricaturas audiovisuales e impresas profundamente ofensivas de la dignidad de la senadora Córdoba y de la igualdad de género y de etnia.
Piedad Córdoba es una mujer, excepcional. Tiene una tremenda energía interior que la ha impulsado a iniciativas como la de Colombianos y Colombianas por la Paz, que llevó a la liberación de varios secuestrados en manos de las torvas, asesinas y anacrónicas Farc. Como la mayoría de los medios lo aceptan, el manejo que Piedad les dio a esos episodios consiguió que, al final, las cosas salieran bien para las víctimas y sus familias, para el movimiento ciudadano y para el propio Gobierno. Sin duda, las cosas salieron bien para Piedad como ciudadana y como política.
Como es obvio, muchos cronistas se han referido al 'protagonismo' de la Negra con toda suerte de epítetos negativos, como si este esfuerzo ciudadano debiera hacerse desde la clandestinidad. Como si sólo las voces oficiales y las de los oportunistas de siempre fueran las únicas calificadas para acompañar una noticia feliz para la humanidad.
No hay razón alguna para creer que esta historia de liberación no puede continuar. Los hechos de la semana pasada han logrado seguir tocando la indiferencia de la sociedad colombiana con los secuestrados por las guerrillas, que se cuentan por centenares todavía. Recuerdo ahora una última columna de Armando Benedetti Jimeno en El Tiempo, tal vez la última antes de retirarse, cuando clamaba por la compasión como sentimiento y como actitud ante la tragedia humanitaria colombiana. La compasión debe llevar a sentir, como decía Beneditti, que "la muerte de otros se insinúa, todavía con debilidad imperdonable, como la muerte nuestra".
El acuerdo humanitario, la liberación unilateral de presos y secuestrados son asunto de 'alta política'. Para algunos, ello significa que sólo unos pocos expertos o ilustrados pueden ocuparse del tema. Pero la gente del común, representada por movimientos como Colombianos y Colombianas por la Paz tiene derecho a buscar la inmediata terminación de la violencia armada y la pasión de los secuestrados. No es justo, ni sensato, igualar esa reacción con la estupidez, o la estulticia, o la idiotez útil a los objetivos tácticos de las Farc. Piedad va ha jugar un rol fundamental en este proceso de sensibilizar a la nación y de aliviar el tormento de los secuestrados.
cgonzalm@cgm.com.co CÉSAR GONZÁLEZ MUÑOZ Consultor privado