Irlanda y la memoria
25-06-08 -
Irlanda, nación de emigrantes. Esa fue su historia. La emigración ha sido un rasgo predominante de la vida irlandesa desde el siglo 16. El movimiento demográfico se dio (¿se ha dado?) en varias grandes oleadas. La mayor de ellas a mediados del siglo XIX como resultado de una hambruna causada por el fracaso de las cosechas de papa, ancla vital de la alimentación irlandesa. Un millón y medio de personas murió en esos años, de hambre o de enfermedades relacionadas. Entre 1845 y 1855, más de 2 millones de personas, la cuarta parte de la población irlandesa de antes de la hambruna, emigraron a otros Lares, especialmente en Estados Unidos y Canadá.
Bien entrado el siglo XX, Irlanda seguía siendo un lugar donde predominaban la pobreza y el abandono. Las memorias de Frank Mc. Court, Las Cenizas de Ángela, hacen un bello y terrible retrato de la Irlanda de la Segunda Guerra.
Ahora, Irlanda es toda una historia de éxito. Hasta hace un par de décadas era una de las naciones más pobres de Europa; hoy es una de las más ricas del mundo, con un estándar de vida superior al promedio de la 'Europa clásica'. Son muchos los factores que explican el empujón irlandés. No se trata ahora de discutir el tema, pero es indispensable decir dos cosas: una, que la varita mágica irlandesa no se ha limitado a decretar tasas tributarias muy bajas para las empresas (como algunos analistas locales reclaman); y dos, que desde 1973, Irlanda ha recibido transferencias gratuitas por más de 20 mil millones de euros de las instituciones de la integración europea. Siempre sirve esa plata, bien manejada, para la educación, la infraestructura y el fortalecimiento de las instituciones democráticas. Lástima que por estos lados no haya nada de eso y que los sueños de la integración no vengan con plata contante y sonante bajo el brazo de los soñadores.
Pues bien, Irlanda, nación de emigrantes, tocada por el desarrollo material, se ha vuelto desdeñosa y hasta agresiva con los inmigrantes llegados de otras patrias a ver qué les provee este nuevo centro de gravedad del progreso. Muchos habitantes de la nueva Irlanda, cuyos ancestros fueron expulsados para sobrevivir, ahora tienen la memoria cerrada. Sería oportuno que practicaran ejercicios de recordación, y que hicieran lecturas masivas de Mc. Court y del gringo-irlandés Thomas Lynch.
Los electores irlandeses, en referendo, le han dicho no a la ratificación del Tratado de Lisboa. ¿Qué es eso? Un libro de la Unión Europea que establece un amplio conjunto de cambios a las reglas del Gobierno del club europeo, de 27 miembros. Una de las razones que esgrimía la campaña del no, un poco en voz baja, era que la Unión Europea ha significado la inundación de Irlanda por parte de gente muy pobre procedente de los confines orientales de Europa.
La negativa irlandesa impide totalmente la vigencia del Tratado en todo el territorio de la Unión. Las burocracias centrales de la organización deberán aplicarse ahora a buscar otros caminos para conseguir lo que quieren los gobiernos de países como Francia, Italia, España, Alemania y el Reino Unido: profundizar la formalidad de las instituciones del Gobierno interno de la Unión Europea. El no irlandés, que luce en principio un poco paradójico, refleja un mal que recorre toda Europa, que consiste en que los pueblos rasos entienden poco lo que está ocurriendo, le tienen miedo al 'Robocop' de una Europa enorme y unida, temen perder su condición local y están muy lejos de los corredores del poder de Bruselas o Estrasburgo.
Europa no está en el corazón de los europeos. Y los irlandeses deben recordar. César González Muñoz
Consultor privado
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