En la década de 70, pero especialmente en la de 80, se afirmaba que Colombia era un país próspero, pero ubicado en un mal vecindario. Esto, porque casi todas las economías de la región por esos años padecieron serias crisis económicas que dieron origen a lo que en la historia moderna se conoce como la 'Década Perdida'. La economía colombiana por el contrario, se mantuvo relativamente estable y ajena a fenómenos de recesión o caídas de su PIB. Gracias a esta realidad inocultable, los ministros de Hacienda y las directoras de Planeación de nuestro país podían darse el lujo de sacar pecho con orgullo en cuanta reunión de carácter internacional asistiesen frente a sus homólogos y homólogas de los demás países.
Esto fue cierto justo hasta un año antes de que terminasen el siglo y el milenio, pues en el fatídico 1999 también la economía colombiana -por primera vez en toda su historia- se desplomó en más de un 4 por ciento. Se cumplió, para infortunio nuestro, aquel proverbio propio de la sabiduría campesina, según el cual 'en la puerta del horno se quema el pan'.
Un rápido vistazo a lo ocurrido en la región durante los primeros años del siglo XXI nos estaría indicando que lo de mal vecindario es ya cosa del pasado y por el contrario aquellos países que eran considerados los chicos malos, ahora se destacan por su buen comportamiento. Paradójicamente, Colombia -sin estar mal- no logra mantener el ritmo de los demás. Además del caso emblemático de Chile, hay otros ejemplos en la región que en otras circunstancias hubiesen sido considerados casi que milagrosos. La economía argentina se desplomó en el 2001, su tasa de cambio se triplicó de la noche a la mañana, cuatro jefes de Estado fueron incapaces de manejar la crisis, pero en menos de dos años retomó la senda del crecimiento con tasas que nos harían palidecer de envidia a los colombianos. La economía venezolana, obviamente soportada en la bonanza de los precios internacionales del petróleo, va también disparada a pesar de las chambonadas de su presidente. Todos los expertos vaticinan e incluso desean el derrumbe de su economía, pero lo cierto es que la actividad económica es frenética, como lo demuestran las cifras de ventas de productos como vehículos o electrodomésticos.
Cuando Ecuador tomó la decisión de dolarizar su economía, los entendidos dijeron que era un suicidio, pues el diferencial entre inflación interna y externa acabaría con su sector exportador y por ende con la economía. Hoy Ecuador tiene la tasa de inflación más baja del continente y sus exportadores, si no se ríen abiertamente, sienten un gran fresco cuando oyen de las afugias que viven sus competidores colombianos.
Sin embargo, el caso exitoso más destacable por estas calendas es el de Perú, como muy acertadamente lo reseñaba PORTAFOLIO en reciente editorial. Si aquí estamos de fiesta porque por fin logramos dos años de buenos resultados, y sin embargo ya nos asustamos y a los cuatro vientos estamos pregonando que la fiesta está llegando a su fin, ¿qué habrá hecho y qué semillas habrá sembrado el -en su momento- más desprestigiado de los gobiernos latinoamericanos (presidido por el economista Alejandro Toledo) para llevar al Perú a una bonanza nunca antes registrada? Seguramente, la clave del éxito no está en sobredimensionar algunas ejecutorias gubernamentales, como la seguridad democrática o intentos desesperados de abrir la economía sin tener la infraestructura adecuada o la obsesión, no siempre bien retribuida, de controlar la inflación. Perú parece estar logrando el doble propósito de que a la economía le vaya bien, pero al país también.
El vecindario está cambiando y los nuevos ricos son otros. Nos queda el consuelo de que gracias a la caída del dólar nuestras cifras mejoran en las comparaciones internacionales.
Gonzalo Palau Rivas - Profesor de Economía, Universidad del Rosario