Juanito Zuluaga es un aventajado alumno de décimo año en un colegio público de Bogotá, donde -como enseñan las técnicas pedagógicas modernas- a los estudiantes se les imparten nociones de disciplinas que antes eran reservadas exclusivamente a las aulas universitarias.
Por esta razón, Juanito y sus compañeros reciben clases de introducción a la economía y a la medicina, entre otras, a cambio de no tener que aprenderse de memoria la tabla periódica de los elementos químicos o todo el árbol genealógico de las plantas mono y pluricotiledóneas.
Gracias a esta apertura mental el inquieto Juanito ha estado muy atento a las noticias de carácter político y económico que provienen de la hermana república de Venezuela, y una de las cosas que más le ha llamado la atención -por no entender de qué se trata ni cómo puede estar ocurriendo- es el tema de las denuncias sobre contrabando de mercancías entre los dos países.
Fruto de esta preocupación indagó a su profesora sobre lo que la teoría económica entiende por contrabando. La sorprendida profesora no tuvo una pronta respuesta y acudió a la más práctica de las ayudas, o sea, consultar el diccionario de la Real Academia de la Lengua, para allí encontrar la siguiente definición de contrabando: "aquel mercado libre que se forma espontáneamente cuando la ley prohíbe su formación y ello suele ocurrir cuando los precios son fijados administrativa y arbitrariamente por las autoridades competentes (o mejor incompetentes)".
Para ser sinceros, más de uno nos encontramos en el mismo estado de confusión y desconcierto que Juanito y su profesora. No entendemos cómo en la vida moderna y en medio de la arrolladora globalización, se puede hablar de contrabando de mercancías y menos entre países histórica y territorialmente unidos.
Contrabando podría existir en estricto sentido solo sobre productos prohibidos por razones de salud o de seguridad. Con la apertura de los mercados y con los procesos de integración regional y subregional, hablar de contrabando de alimentos o de productos de primera necesidad resulta por lo menos un anacronismo, incomprensible para un historiador que en un futuro no muy lejano mire retrospectivamente el devenir económico de estos países a principios del siglo XXI.
Tan anacrónico como le puede parecer a uno hoy en día recordar que hasta muchos años después de conquistada la independencia se presentaban fenómenos de contrabando por llevar productos de Cundinamarca a Santander o viceversa.
Hasta hace unas pocas semanas, los colombianos estábamos orgullosos de la gran demanda por productos nuestros en los mercados venezolanos, y ahora se habla de que se están presentando fenómenos de escasez en varias ciudades cercanas a la frontera. ¿Nos queremos ganar el baloto sin pagar el billete?
Ahora, si el contrabando es de allá para acá, es porque el Gobierno de Venezuela está aplicando unos precios administrados y no de mercado, y por lo tanto los productos fluyen -al margen de la ley- a aquellos mercados (los nuestros) donde obtienen un mejor precio. Si esta es la explicación del fenómeno, no habría escasez en las ciudades colombianas, sino por el contrario una muy buena oferta de productos y a muy buenos precios.
A la hora de la verdad, la principal razón del estado de confusión que a muchos nos embarga está en el nivel de desinformación que a diario se encargan de retransmitir los medios de comunicación, para los cuales es mucho más importante el impacto noticioso que la verdad de los hechos. Si alguien tiene dudas sobre esta práctica, que les pregunten a los habitantes de Pasto cuál es su reacción normal cada vez que se anuncia una 'inminente' erupción del imponente Galeras.
Gonzalo Palau Rivas Profesor de Economía, U. del Rosario