El presidente Uribe se estará reuniendo con un estadista de la talla de Roosevelt o Kennedy, con un interlocutor que comparte con esos gigantes unas credenciales democráticas y unas preocupaciones sociales del mismo tipo que fueron defendidas por Kennedy en 1960 al responder al despectivo mote de 'liberal' usado por la derecha americana como alguien que recibe bien nuevas ideas sin reacciones rígidas, alguien que se preocupa por el bienestar del pueblo (su salud, su vivienda, sus escuelas, sus empleos, sus derechos y sus libertades civiles), alguien que cree que se puede salir del bloqueo y la paranoia de nuestra política externa.
El presidente Obama ha mostrado a todo lo largo de su carrera, desde cuando dejó la prestigiosa presidencia de la Harvard Law Review para regresar a Chicago a trabajar en derechos civiles, una estatura ética admirable.
Presidente de Estados Unidos que se atreve a denunciar el maltrato a los palestinos por parte de los israelíes y a resistir las presiones de los 'hawks' que quieren una línea dura con Irán, comentando que prefiere no inmiscuirse en los asuntos electorales internos de ese país, particularmente dados los antecedentes americanos en materia de fraude electoral, una alusión a la vergonzosa forma como le robaron la presidencia a Al Gore en la Florida.
Un fraude electoral que le trajo al mundo enormes y gravísimas consecuencias en todos los órdenes, para mencionar sólo dos perlas: Irak, frente a cuya tragedia uno duda si Bush debería ser juzgado por criminal de guerra o por estúpido al haber retrasado la verdaderamente urgente 'war on terror' contra Al-Qaeda y los talibanes en Afganistán y en Pakistán 6 años a un costo de millones de vidas y destrucción de su país para los iraquíes; la crisis económica que, a pesar de sus airadas declaraciones en el sentido de que era ridículo responsabilizarlo por ella, su
Gobierno sí contribuyo a ésta mediante su resistencia a regular las innovaciones financieras, su explosivo déficit fiscal (con su contrapartida en el comercial y la deuda externa) y la forma como las autoridades monetarias reinflaron la economía a base de crédito fácil y barato, principal pero no exclusivamente para vivienda.
Como comentaban jocosamente en un programa de CNN, Bush arriesgaba al final de su Gobierno a pasar a la historia no como el peor presidente de los E.U., sino como el último...
¿En qué se diferencia un estadista de un caudillo? Entre otras cosas en que el primero tiene la capacidad para usar las instituciones respetándolas, para lograr objetivos de enorme alcance histórico y social de los que los logros en materia de derechos civiles en E.U. son un gran ejemplo.
Por el contrario, el caudillo debilita las instituciones con su efectismo populista en la búsqueda de beneficios políticos para su figuración personal. En efecto, se requerirá un estadista de la talla de Obama para revertir catástrofes heredadas del tamaño de las enfrentadas por Roosevelt en materia económica, y Kennedy en materia de relaciones internacionales, reto al que él ha respondido con una increíble actividad y productividad en frentes tan diversos como la recuperación económica, el servicio de salud para los más pobres y las relaciones con el mundo islámico.
Por su parte, el presidente Uribe, quien compartía con el ex primer Ministro de Australia el dudoso honor de ser considerado por Bush un amigo cercano, tiene en común con su interlocutor el haber logrado un objetivo histórico de enorme importancia para los colombianos (y para los intereses geopolíticos americanos), contener la desatada guerrillera que heredó de Pastrana.
Sin embargo, su manejo populista efectista de la administración pública debilita, con su centralización caudillista de la gestión gubernamental (que desconoce instancias organizacionales en su afán de obtener réditos políticos), una institucionalidad pública que en su precariedad ha costando enormes esfuerzos construir.
Tampoco muestra mucho respeto por esas instituciones, que en un país con monumentales problemas de toda índole, la capacidad de gestión del Estado y del establecimiento político se dedique no a resolver estos problemas, sino a acomodar las estructuras jurídicas y legales a reelecciones de su caudillo.
Probablemente éste no tenga la culpa de que los colombianos vean en él la figura parental que perdieron en Juan Pablo II y que el establecimiento político colombiano no dé para más.
El presidente Uribe tendrá además entre manos el problema del TLC y su cuestionamiento por los demócratas por razones de derechos civiles y laborales.
Afortunadamente, nunca se traerá a colación el problema del marginamiento y la falta de oportunidades de los afrocolombianos, pero sí es un escenario a considerar como espejo de las desigualdades que pesan sobre la conciencia de esta sociedad a pesar de su inconsciencia y falta de vergüenza sobre ellas.
Desde luego, para nada es una responsabilidad del presidente Uribe, pero él se sentará a conversar a nombre de una sociedad y un establecimiento político en los que no cabe soñar que algún día afrocolombianos ocupen las posiciones de liderazgo que en todos los terrenos han llegado a ocupar en los E.U., por la simple razón de que ese marginamiento y falta de oportunidades son aún más escandalosos acá. Para la muestra un botón.
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