EL PORTAL DE ECONOMÍA Y NEGOCIOS
A doña Oliva Trilleras, pequeña caficultora del municipio de Pitalito en el departamento del Huila no le quedó otra alternativa que tramitar el crédito de renovación de cafetales por siembra. El crédito en efecto fue por la suma de $900.000 para 1.000 'palitos', en un terreno en donde estaban unos cuantos árboles de café de más de 20 años de edad.
Doña Oliva no había renovado su cafetal según me dijo por "la falta de recursos económicos y, porque uno de pobre escasitamente consigue para la comida y entonces esos cafetales daban muy poquito y se ponían amarillos después de la cosecha".
Doña Oliva se decidió por el crédito, porque sus argumentos para no realizarlo encontraron la respuesta adecuada. ¿Que siente aversión al riesgo? ¡Que no tiene plata para sostenerse mientras el cafetal empieza a producir, que los intereses son muy caros, que la hipoteca, que cómo voy a pagarlo, que uno tan viejo para que se endeuda!
Cuando el extensionista con su ganada credibilidad le respondió cada uno de sus entendibles dudas, doña Oliva sin dudarlo tomó el crédito. Llama la atención la claridad de ella frente a las ventajas del crédito. Quizás no se acuerde del significado del ICR, Incentivo a la Capitalización Rural, pero sí sabe que el Gobierno le 'perdona' el 40% de la deuda, también conoce que no se pagan intereses, que no hay hipoteca, que son $4'500.000 por hectárea, que el crédito se paga cuando el cafetal empieza a producir y que con solo tener la cédula cafetera inteligente -que con orgullo sacó de su pecho- el extensionista se encarga de todo. Y así debe ser. Es la población que pone a prueba la vocación, la imaginación y la sensibilidad dinamizador de procesos de la Federación.
La población susceptible de este crédito, -300.000 pequeños productores y 300.000 hectáreas en 5 años-, es la que nunca ha renovado, la de edad avanzada, la que nunca ha manejado el dinero plástico,-el dinero se le consigna en la tarjeta cafetera inteligente-, la de menos grados de escolaridad, la de más baja capacidad económica, y la más temerosa a endeudarse. Y todo este ciclo se cierra con una duda incuestionable en otros sectores agropecuarios: la comercialización, pero doña Oliva sabe que los abundantes frutos de semejante decisión no tendrán problema para ser comercializados.
La anécdota del águila encaja perfectamente en esta temática. Es la más longeva de las aves, llega a vivir 70 años, pero para llegar a esa edad debe tomar una seria y dura decisión. A sus 40 años, sus uñas son tan largas y tan inservibles que no puede sujetar las presas para alimentarse y su pico alargado y en punta se curva demasiado y ya no le sirve, y el tamaño de sus plumas envejecidas y pesadas ya casi no le permiten volar.
Entonces, tiene solo dos alternativas. Dejarse morir o enfrentar un proceso de renovación que le demorará alrededor de 150 días.
Ese proceso la obliga a llegar a lo alto de una montaña y recogerse en un nido próximo a un paredón donde no necesita volar.
El águila empieza a golpear la roca con el pico hasta arrancarlo, luego espera que le nazca un nuevo pico con el cual podrá arrancar sus viejas uñas inservibles, y cuando las nuevas uñas empiezan a crecer ella desprende una a una sus viejas plumas. Y luego de esos largos cinco meses de heridas y cicatrices logra realizar su famoso vuelo de renovación, renacimiento y alegría para vivir otros 30 años más.
Las Olivas, los Pedros y los Carlos, es decir, la población a la cual se le debe llegar con este crédito de renovación y que permite que se pueda desarrollar la verdadera función social de una organización cafetera, debe vivir un proceso de reconversión o sufrir la pena de sucumbir. Quizás ya no haya tiempo de resguardarse por largos períodos de tiempo para tomar la decisión en una montaña atiborrada de dudas y aversiones al riesgo. La decisión debe tomarse sin pérdida de tiempo; es la mejor manera de asegurar un vuelo tranquilo para los próximos años.
Doña Oliva sabe que su plan de vuelo estará guiado, primero, por su actitud donde ha habido respuesta a sus interrogantes y después, por una tecnología probada que ella ha visto en unos líderes vecinos y a la que ella le ha mezclado matas de maíz, yuca y arracacha. Y doña Oliva después de 40 años como cafetera ya empezó a volar. Y ya sabe que cada año y poco a poco renovará una parte de su predio. Estoy contenta dice, porque "yo pienso que si me entregan todo el dinero de una, me gasto la plata en mercado y no compro el abono para seguir alimentando el café".
"Es que cuando sembramos el cafecito -continúa- le ponemos fundamento, porque si uno lo deja que se lo coma el monte y no abona, pierde todo".
Esa es doña Oliva, una digna caficultora que me impactó al entender profundamente la filosofía correcta de este programa de renovación. Vuela alto doña Oliva.
Solamente siendo libres del peso del pasado, podremos aprovechar el valioso resultado que una renovación siempre nos trae.
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