"Din don, din don, son las cosas del amor", suena la voz del baladista argentino Leonardo Favio desde una radio colgada en la morgue de Ciudad Juárez, donde el trabajo de los forenses es a destajo y en estado de máxima tensión. "Los médicos necesitan la música suave para distraerse, porque es muy duro su trabajo", dice Héctor Jaule, jefe del Centro de Servicios Periciales y Ciencias Forenses de Ciudad Juárez, quien precisa que el promedio es de siete autopsias diarias, la gran mayoría producto de los enfrentamientos del crimen organizado. Un cuerpo envuelto está depositado sobre la camilla, otros dos están apilados en unas tarimas y todo el recinto huele penetrante, el olor de la muerte, que es el que se respira en una ciudad agobiada por la violencia del narcotráfico. La morgue integra un moderno complejo en el que trabajan 110 personas en las áreas de criminología, balística, química y genética, antropología y administración, todo para intentar saber cómo y quién en una ciudad que se acostumbra a reportes de una decena de asesinatos diarios. Ahora la mayoría de las víctimas son jóvenes distribuidores de droga, que integran pandillas que se disputan palmo a palmo cada barrio y cada calle por el mercado minorista. Estos jóvenes son el primer eslabón de una guerra a gran escala entre los poderosos cárteles de Juárez y Sinaloa, que tienen la mira puesta ahí muy cerca, cruzando el límite para abastecer a Estados Unidos, el mayor mercado mundial de cocaína. "Se ha construido este centro por la gran cantidad de hechos, para dar más servicio", admite Saúl Chávez, criminalista de campo.
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