El presidente electo de Estados Unidos es tan admirado, engendra aspiraciones tan altas y es tal fuente de esperanza que nadie podría satisfacer estas expectativas.
Esta es una mala noticia para los mercados financieros.
Hasta ahora, los mercados apuestan a que Barack Obama tendrá éxito. El índice Standard & Poor's 500 se ha disparado 12 por ciento desde el 20 de noviembre.
Y de 2,06 el 30 de diciembre, el rendimiento del bono del Tesoro a 10 años ha subido a 2,20 por ciento, lo que sugiere que las operaciones de huida a la seguridad han menguado algo. Por su parte, el dólar ha avanzado 9,7 por ciento contra el euro desde mediados de diciembre.
Es posible que los inversores extranjeros se resistan a financiar un déficit presupuestario estadounidense que, según la Oficina de Presupuesto del Congreso, llegará a 1,2 billones de dólares este año.
Los inversionistas podrían concluir -muchos economistas ya lo han hecho- que los planes de Obama para un programa adicional de estímulo no son suficientes para resucitar la economía.
La popularidad del presidente electo, como la de cualquier jefe de Estado, también será vulnerable a las exigencias de organizaciones nacionales como los sindicatos, los escándalos y peleas internas dentro de su Gobierno y los reveses de la política exterior.
En suma, las presiones del cargo son tales que ningún presidente puede evitar permanentemente ofender a los políticamente poderosos o enfrentarse con segmentos importantes de la población.
Adaptando el famoso dicho de Abraham Lincoln, uno puede complacer a parte de la gente todo el tiempo, a toda la gente parte del tiempo, pero no puede complacer a toda la gente todo el tiempo.
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