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Voladores de Papantla, declarados Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco

Desde un poste descienden 30 metros de cabeza, dando vueltas y atados de los pies por varias cuerdas. Es presentado en las festividades o como un espectáculo para turistas.

El tronco de un gigantesco árbol o un poste que parece no tener fin sirven de escenario para que cinco indígenas mexicanos realicen una ancestral ceremonia de ofrenda a sus dioses, tan fantástica como peligrosa.

Desde 30 metros descienden cuatro de ellos de cabeza dando vueltas y atados sus pies por varias cuerdas, mientras el quinto danza en las alturas, sobre una pequeña plataforma, tocando una flauta y un tambor.

Son los Voladores de Papantla, herederos de un ritual que tiene más de 15 siglos y que acaba de ser declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco.

Los llamados hombres-pájaro mantienen viva la ceremonia desde la región de la Huasteca, en el centro-noreste de México, hasta Nicaragua, aunque la gran mayoría son mexicanos. El rito se conserva de generación en generación.

Casi todos los voladores son hombres, aunque desde hace tres décadas se les ha permitido a las mujeres subirse al poste. En la actualidad son tres las mujeres-pájaro, entre ellas Viviana, una joven de 23 años.

En la época prehispánica esta danza o ritual se celebraba cada 52 años, periodo en el que se cumple un ciclo cósmico, según el calendario maya porque marca un nuevo sol y una nueva vida. Hoy es representado en las comunidades rurales durante las festividades patronales o como un espectáculo para turistas.

Cuenta una leyenda indígena que el origen de la ceremonia entre los totonacas veracruzanos, sus principales exponentes, se remonta a una sequía que afectó la zona hace un milenio y medio.

Fue entonces cuando un grupo de viejos sabios envió a cinco jóvenes castos al monte para rendir culto a Xipe Totec, el dios de la fertilidad, y conseguir lluvias para sus cosechas. El número de integrantes del ritual se ha mantenido hasta ahora.

Los cuatro voladores, que representan tierra, fuego, aire y agua, saltan con los brazos abiertos y atados de cuerdas por la cintura y los pies, para girar 53 veces alrededor del poste hasta llegar al piso, simulando, al parecer, la caída de la lluvia.

El quinto, al que identifican como el caporal porque es el responsable de la ceremonia, baila y se balancea sobre una plataforma en la parte más alta del poste al ritmo de la música que interpreta con una flauta y un tambor que los comunican con los dioses.

Todos usan un traje especial hecho a mano por cada uno de ellos. Pantalón y camisa de manta, cubiertos por dos lienzos rojos, uno en la cintura y otro en el pecho, adornados con vistosos y alegres bordados de lentejuelas. En la cabeza lucen un pequeño gorro adornado con espejos, listones de colores y flores.

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